A través de la pared se oye un estruendo de diálogos, luego un coro de risas. Luego más estruendo. La mayoría de las grabaciones de risas de la televisión se registraron a principios de los cincuenta. Hoy en día la mayoría de la gente a la que se oye reír está muerta.
A través del techo se oye el chumba, chumba, chumba de una batería. Luego el ritmo cambia. Tal vez los golpes se juntan y se aceleran o tal vez se espacian y se ralentizan, pero no se paran.
A través del suelo alguien está berreando la letra de una canción. Esa gente que necesita que su televisor o su radio o su equipo de música estén encendidos a todas horas. Esa gente a quien le aterra el silencio. Esos son mis vecinos. Esos ruidoadictos. Esos silenciofóbicos.
La risa de los muertos se filtra por todas las paredes.
Hoy en día, esto es lo que te venden como hogar, dulce hogar.
Este asedio de ruidos.
Después del trabajo, hice una sola parada. El hombre de detrás del mostrador levantó la vista cuando entré cojeando en la tienda. Sin quitarme la vista de encima metió la mano debajo del mostrador, sacó algo envuelto en papel marrón Y dijo:
–Con bolsa doble. Creo que este le va a gustar. –Lo puso encima del mostrador y le dio unos golpecitos con la mano.
El paquete era del tamaño de media caja de zapatos. Pesaba menos que una lata de atún.
Pulsó uno, dos y tres botones de la máquina registradora y la ventanita del precio indicó ciento cuarenta y nueve dólares. Luego me dijo:
–Para que no tenga que preocuparse, he cerrado bien las bolsas con cinta aislante.
Por si acaso llovía, metió el paquete en una bolsa de plástico y me dijo:
–Hágamelo saber si falta algo. –Y dijo–: No parece que ese pie esté mejorando.
El paquete estuvo traqueteando durante todo el camino de vuelta. El papel marrón me resbalaba y se me arrugaba debajo del brazo. Cada vez que yo daba un paso renqueante, lo que había dentro se movía ruidosamente de un lado a otro del paquete.
A través del techo de mi apartamento se oye música acelerada. Llegan murmullos de pánico del otro lado de las paredes. O bien una momia maldita del antiguo Egipto ha vuelto a la vida y está matando a los vecinos de al lado o bien están viendo una película.
Debajo del suelo, hay alguien gritando, un perro ladrando, puertas cerrándose de golpe y los gritos de subastador de una canción.
Entro en el baño y apago la luz. Para no ver lo que hay dentro de la bolsa. Para no saber cómo va a ser. En la oscuridad y la estrechez del baño tapo la rendija que queda debajo de la puerta con una toalla. Con el paquete en el regazo me siento en el retrete y escucho.
Esto es lo que te venden como civilización.
Gente que nunca tiraría basura desde el coche pasa a tu lado con la radio a todo trapo. Gente que nunca te tiraría humo de puro a la cara en un restaurante abarrotado habla a gritos por el teléfono móvil. Se chillan unos a otros a la mesa de la cena.
La misma gente que nunca usaría insecticidas o herbicidas fustigan a sus vecinos poniendo música de gaitas escocesas en el equipo de música. Opera china. Country and western.
Al aire libre, está bien que cante un pájaro. No está bien que cante Patsy Cline.
Al aire libre, ya hay bastante con el estruendo del tráfico. Añadir el Concierto para piano en mi menor de Chopin no ayuda a arreglar la situación.
Uno sube la música para tapar el ruido. Los demás suben su música para tapar la tuya. Tú vuelves a subir la tuya. Todo el mundo se compra un equipo de música más grande. Es la carrera armamentística del sonido. No se gana con muchos agudos.
No se trata de calidad. Se trata de volumen.
No se trata de música. Se trata de ganar.
Animas la competición subiendo los bajos. Haces que tiemblen las ventanas. Te pasas la melodía por el forro y gritas la letra. Añades palabrotas y haces hincapié en cada una de ellas.
Dominas. Es una cuestión de poder.
En el baño a oscuras, sentado en el retrete, quito con la uña la cinta aislante que cierra un extremo del paquete y de dentro sale una caja de cartón, lisa, blanda, con los bordes afelpados y las esquinas romas y metidas hacia dentro. La tapa se levanta y lo que hay dentro forma al tacto varias capas de formas afiladas, duras y complejas, pequeños ángulos, curvas, esquinas y puntas. Las dejo a mi lado en el suelo del baño, a oscuras. Vuelvo a meter la caja de cartón en las bolsas de papel. Entre las formas duras y enrevesadas hay dos hojas de papel resbaladizo. Estos papeles también los meto en las bolsas. Luego arrugo las bolsas y hago una bola con ellas.
Todo esto lo hago a ciegas, tocando el papel liso, palpando las capas de formas duras y complicadas.
La música de los vecinos de al lado hace temblar un poco el suelo bajo mis pies, e incluso el retrete.
Conviene decirles a las familias que han sufrido una muerte en la cuna que adopten un hobby. Es sorprendente lo rápido que se puede dar un portazo al pasado. No importa lo mal que te vayan las cosas, siempre puedes olvidarlas. Aprender a bordar. Hacer una lámpara de cristal de colores.
Llevo las formas a la cocina y bajo la luz se vuelven azules, grises y blancas. Son de plástico duro y quebradizo. Son simples fragmentos. Tejas y persianas y salientes ornamentales de tejado diminutos. Escalones y columnas y marcos de ventana en miniatura. No se puede distinguir si es una casa o un hospital. Hay paredes diminutas de ladrillo y puertecitas. Esparcidas sobre la mesa de la cocina, podrían ser partes de una escuela o de un hospital. Sin ver la imagen de la caja, sin las instrucciones de montaje, los minúsculos canalones y ventanas de buhardilla podrían pertenecer a una estación de trenes o a un manicomio. A una fábrica o a una cárcel.
No importa cómo lo montes, nunca estás seguro de que esté bien.
Los pedacitos, las cúpulas y chimeneas, se agitan al compás del ruido que viene a través del suelo.
Esos musicoadictos. Esos calmofóbicos.
Nadie quiere admitir que somos adictos a la música. No es posible, simplemente. Nadie es adicto a la música, a la televisión ni a la radio. Simplemente necesitamos más, más canales, una pantalla más grande, más volumen. No soportamos estar sin ella, pero no, no somos adictos.
Podríamos apagarla cuando quisiéramos.
Coloco un marco de ventana en una pared de ladrillo. Lo pego con un pincelito del tamaño de un pintauñas. La ventana es del tamaño de una uña. El pegamento huele a laca del pelo. El olor hace pensar en naranjas y en gasolina.
El dibujo de los ladrillos de la pared es tan delicado como una huella dactilar. Coloco otra ventana en su sitio y le aplico pegamento con el pincel.
La vibración del sonido atraviesa las paredes, recorre la mesa, luego el marco de ventana y por fin mi dedo.
Esos distradictos. Esos concentrafóbicos.
El viejo George Orwell lo entendió todo al revés.
El Gran Hermano no está mirando. Está cantando y bailando. Está sacando conejos de una chistera. El Gran Hermano está ocupado en reclamar tu atención a cada momento que pasas despierto. En asegurarse de que siempre estés distraído. En asegurarse de que permanezcas abstraído.
En asegurarse de que se te marchite la imaginación. Hasta que sea tan útil como tu apéndice. En asegurarse de que tu atención siempre está ocupada.
Y esta forma de ser alimentado es peor que ser observado. Si el mundo te mantiene siempre ocupado, nadie tiene que preocuparse por lo que tienes en mente. Si la imaginación de todo el mundo está atrofiada, nadie más será nunca una amenaza para el mundo.
Me abro con el dedo un botón de la camisa y me meto la corbata dentro. Con la barbilla pegada al nudo de la corbata, introduzco con las pinzas una ventanita de cristal dentro de cada uno de los marcos. Usando una cuchilla, corto las cortinas de plástico en fragmentos más pequeños que un sello de correos, cortinas azules para el piso de arriba, amarillas para la planta baja. Pego las cortinas, algunas abiertas y otras cerradas.
Hay cosas peores que descubrir a tu mujer y tu hijo muertos.
Puedes ver cómo los mata el mundo. Puedes ver cómo tu mujer envejece y se aburre. Puedes ver a tus hijos descubriendo todas las cosas del mundo de las que has intentado salvarlos. Las drogas, el divorcio, el conformismo, las enfermedades. Todos los bonitos libros, la música, la televisión. Las distracciones.
A toda esa gente a quien se le ha muerto un hijo tienes ganas de decirles: adelante. Culpaos.
A la gente que amas les puedes hacer cosas peores que matarlos. Lo normal es quedarse mirando cómo el mundo lo hace por ti. Solamente tienes que leer un periódico.
La música y las risas te consumen los pensamientos. El ruido los ahoga. Todos los sonidos distraen. Te duele la cabeza de respirar pegamento.
Ya nadie es dueño de su mente. Concentrarse es imposible. No se puede pensar. Siempre hay ruido royendo. Cantantes gritando. Gente muerta riéndose. Actores llorando. Todas esas pequeñas dosis de emociones.
Siempre hay alguien rociando el aire con su estado de ánimo.
Retransmitiendo su dolor o su alegría o su rabia por todo el vecindario con el equipo de música del coche.
Instalé cincuenta y siete ventanas al revés en una mansión estilo colonial holandés. En un castillo estilo Tudor de doce dormitorios, pegué los canalones de bajada en la parte equivocada del tejado y lo derretí todo al intentar arreglarlo con un disolvente químico.
Esto no es nada nuevo.
Los expertos en cultura griega antigua dicen que la gente de aquella época no creía que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando los griegos de la Antigüedad tenían una idea, creían que un dios o una diosa les estaba dando una orden. Apolo les estaba diciendo que fueran valientes. Atenea les estaba diciendo que se enamoraran.
Ahora la gente oye un anuncio de patatas fritas con sabor a crema agria y salen corriendo a comprarlas, pero a eso lo llaman su libre albedrío.
Por lo menos, los griegos de la Antigüedad eran sinceros.
La verdad es que, incluso si les lees algo a tu mujer y tu hijo una noche. Si les lees una nana. Y a la mañana siguiente te despiertas pero tu familia no. Te quedas en la cama, encogido al lado de tu mujer. Tu mujer sigue caliente pero no respira. Tu hijo no llora. La casa ya está llena del estruendo del tráfico y de las conversaciones de la radio y del ruido del vapor que golpetea en las tuberías dentro de las paredes. La verdad es que te puedes olvidar de ello, incluso ese mismo día, aunque solamente sea durante el momento que tardas en hacerte el nudo de la corbata.
Yo lo sé. Es mi vida.
Puedes mudarte, pero eso no basta. Adoptas un hobby. Te sepultas a ti mismo en trabajo. Cambias de nombre. Improvisas. Pones el caos en orden. Lo haces cada vez que el pie se te cura lo bastante. Organizas todos los detalles.
No es lo que un psicólogo aconsejaría, pero funciona.
Luego pegas las puertas a las paredes. Pegas las paredes a los cimientos. Juntas con las pinzas todos los pedacitos de la chimenea y esperas a que se seque el pegamento del tejado. Cuelgas los canalones diminutos. Todos los detalles con exactitud. Colocas las buhardillitas. Cuelgas las persianas. Le pones el marco al porche. Siembras la hierba. Plantas los árboles.
Inhalas el olor a naranjas y pegamento. El olor a laca del pelo. Te pierdes en cada uno de los detallitos. Pegas un hilo de hiedra en un costado de la chimenea. Tienes los dedos enredados con hilos de pegamento, las yemas de los dedos costrosas y pegadas entre sí.
Te dices a ti mismo que el ruido es lo que define el silencio. Sin ruido, el silencio no sería precioso. El ruido es la excepción. Piensas en el espacio exterior, en ese frío y ese silencio increíbles donde están esperando tu mujer y tu hijo. Solamente el silencio, no el cielo, sería una recompensa suficiente.
Plantas flores con las pinzas alrededor de la base de la casa.
Tienes la espalda y el cuello encorvados sobre la mesa. El culo prieto, la espina dorsal doblada y arqueada en la base del cráneo dolorida.
Pegas la diminuta esterilla que dice «Bienvenidos» frente a la puerta principal. Cuelgas las lucecitas fuera. Pegas el buzón al lado de la puerta. Pegas las botellitas realmente minúsculas de leche en el porche. El periodiquito doblado.
Cuando todo está perfecto, exacto, meticuloso, deben de ser las tres o las cuatro de la mañana, porque ya no hay ruidos. El suelo, el techo y las paredes están en silencio. El compresor de la nevera se apaga y puedes oír cómo zumban los filamentos de las bombillas. Una polilla golpea la ventana de la cocina. Puedes ver el vapor de tu aliento de tanto frío como hace en la habitación.
Pones las pilas en su sitio, pulsas un pequeño interruptor y las ventanitas se iluminan. Dejas la casa en el suelo y apagas la luz de la cocina.
Te quedas de pie junto a la casa en la oscuridad. Vista así tiene un aspecto perfecto. Perfecto y seguro y feliz. Una bonita casa de ladrillo rojo. La luz que sale por las ventanitas ilumina la hierba y los árboles. Las cortinas brillan, amarillas en el cuarto del bebé. Azules en tu dormitorio. El truco para olvidar la situación general es mirar las cosas muy de cerca.
La manera más fácil de cerrar una puerta es sepultarte a ti mismo en los detalles.
Así es como nos debe de ver Dios.
Como si todo fuera bien.
Luego te quitas el zapato y das un pisotón con el pie descalzo. Das un pisotón bien fuerte y luego otro. No importa cuánto te duelan el plástico duro, la madera y el cristal, sigue pisando hasta que el vecino de abajo empiece a dar puñetazos en el techo.
Capítulo 3 de Nana, de Chuck Palahniuk.
Beverly Rogan recibe una paliza.
Cuando sonó el teléfono, Tom estaba casi dormido. Se inclinó para incorporarse y entonces sintió uno de los pechos de Beverly contra su hombro, al estirarse ella para atender. Se dejó caer de nuevo en la almohada preguntándose, adormilado, quién podía llamar a esa hora de la noche a su número privado, que no figuraba en el listín. Oyó que Beverly decía “Hola” y volvió a quedarse dormido. Había acabado prácticamente con docena y media de cervezas mientras miraba el partido de béisbol. Estaba hecho polvo.
En ese momento, la aguda voz de Beverly (¿Qué?) le perforó el oído como un punzón de hielo. Abrió otra vez los ojos. Cuando trató de incorporarse, el cable del teléfono se le hundió en el gordo cuello.
– Quítame esta porquería, Beverly - dijo.
Ella se apresuró a levantarse y rodeó la cama sosteniendo el cable en alto. Su cabello pelirrojo flotaba sobre el camisón en ondas naturales casi hasta la cintura. Pelo de prostituta. Sus ojos no buscaron, balbuceantes, la cara de Tom para averiguar cuál era su estado emocional y a Tom Rogan eso no le gustó. Se incorporó. Comenzaba a dolerle la cabeza. Mierda. Probablemente le había estado doliendo antes, pero mientras uno duerme no se da cuenta.
Entró en el baño, orinó durante tres horas, según le pareció y luego decidió, puesto que estaba levantado, tomar otra cerveza para tratar de anular la inminente resaca.
Al cruzar el dormitorio rumbo a la escalera con los calzoncillos blancos que flameaban como velas bajo su considerable tripa (parecía más un estibador que el gerente general de Beverly Fashions, S.A.), miró por encima del hombro y gritó, fastidiado:
–Si es esa marimacho de Lesley, dile que se busque alguna modelo que devorar y que nos deje dormir.
Beverly levantó la vista, sacudió la cabeza para indicar que no se trataba de Lesley y volvió a mirar el teléfono. Tom sintió que los músculos del cuello se le tensaban. Era como si ella no quisiese tener nada que ver. La señora. La muy puta de señora. La cosa empezaba a pintar mal. Probablemente Beverly necesitaba una clase de repaso sobre quién mandaba allí. A veces le hacía falta. Era lenta en aprender.
Bajó la escalera y caminó por el pasillo hasta la cocina. Abrió la nevera. Su mano no encontró nada más alcohólico que un envase de plástico azul con un sobrante de fideos a la Romanoff. Toda la cerveza había desaparecido, incluyendo la que guardaba bien atrás, como el billete de veinte dólares que guardaba plegado tras su carnet de conducir, para casos de emergencia. El partido había durado horas y todo para nada. Los White Sox habían perdido. Ese año no eran más que un puñado de culos fofos.
Su mirada se desvió hacia las botellas de bebida fuerte, tras el vidrio del estante superior del bar y por un momento se imaginó sirviéndose una buena medida de whisky. Pero volvió hacia la escalera decidido a no darle más problemas a su cabeza. Echó un vistazo al antiguo reloj de péndulo, al pie de la escalera, y vio que ya pasaba de la medianoche. Eso no le mejoró el humor, que, en el mejor de los casos, nunca era muy bueno.
Subió la escalera con lentitud, consciente, demasiado consciente, del modo en que estaba funcionando su corazón. Ka-bom, ka-dad. Ka-bom, ka-dad. Kabom, ka-dad. Lo ponía nervioso que el corazón le latiera en los oídos y en las muñecas, no sólo en el pecho. A veces, cuando sucedía eso, lo imaginaba no como un órgano que se contraía y se expendía, sino como un gran dial en el costado izquierdo de su pecho, con la aguja peligrosamente inclinada hacia la zona roja. Eso no le gustó; no le hacía falta esa clase de mierda. Lo que le hacía falta era dormir bien toda la noche.
Pero la estúpida con quien se había casado aún estaba hablando por teléfono.
–Comprendo, Mike… Sí… yo sí… Lo sé, pero…
Una pausa.
–¿Bill Denbrough? -exclamó ella y el punzón de hielo volvió a clavarse en el oído de Tom.
Aguardó ante la puerta del dormitorio hasta recuperar el aliento. Su corazón volvía a latir ka-dad, kadud, ka-dad. El tronar había pasado. Imaginó brevemente que la aguja se apartaba del rojo y descartó la imagen a fuerza de voluntad. Era un hombre, por el amor de Dios, y muy hombre, no una caldera con el termostato en mal estado. Estaba en forma. Era de hierro. Y si ella necesitaba aprenderlo otra vez, se lo enseñaría.
Iba a entrar, pero lo pensó mejor y permaneció donde estaba, escuchándola. No le importaba con quién estaba hablando ni qué decía, sólo escuchaba los tonos ascendentes y descendentes de su voz. Y lo que sentía era aquella vieja y sorda rabia familiar.
Había conocido a Beverly en un bar para solteros, en Chicago, cuatro años antes. La conversación se entabló con facilidad porque ambos trabajaban en el edificio de Standard Brands y conocían a varias personas en común. Tom trabajaba para King and Landry, Relaciones Públicas, en el piso 42. Beverly Marsh (su nombre de soltera) era asistente de diseños en Delia Fashions, en el ab. Delia, quien más tarde disfrutaría de un modesto renombre en el Medio Oeste, se ocupaba de la gente joven. Sus faldas, sus blusas, chales y pantalones sueltos se vendían principalmente en esos locales que Delia Castleman denominaba “tiendas para jóvenes” y Tom, “vanguardistas”. Casi de inmediato, Tom Rogan detectó dos cosas en Beverly Marsh: era muy deseable y muy vulnerable. En menos de un mes sabía una tercera: que era inteligente, muy inteligente. En sus diseños de blusas y faldas de deportes vio una máquina de hacer dinero de posibilidades casi aterrorizantes.
“Pero no para los negocios vanguardistas -pensó, aunque no lo dijo (al menos por entonces). Basta de mala iluminación, de precios bajos, de exhibiciones de mierda en las trastiendas, entre las porquerías para doparse y las camisetas de grupos de rock. Esa mierda es para los principiantes.”
Se enteró de muchas cosas con respecto a ella, aun antes de que Beverly supiera que le interesaba de verdad; así era como él lo deseaba. Se había pasado toda la vida buscando a una mujer como Beverly Marsh y avanzó con la celeridad de un león que se lanza contra un antílope. No era que su vulnerabilidad estuviera a la vista. Al mirar, uno veía a una mujer bonita y delgada, pero bien provista. Tal vez no tenía muy buenas caderas, pero sí un culo estupendo. Y las mejores tetas que Tom había visto en su vida. A Tom le gustaban las tetas, siempre le habían gustado. Y las mujeres altas casi siempre lo desilusionaban en ese punto. Se ponían blusas finas y los pezones enloquecían a cualquiera, pero cuando uno les sacaba esas blusas finas descubría que, aparte de pezones, no había nada más. Las tetas, en sí, parecían pomos de cajón de escritorio. “Basta con lo que entra en la mano; lo demás es un desperdicio”, decía su compañero de habitación en la universidad. Por lo que a Tom concernía ese hombre tenía la cabeza tan llena de mierda que rezumaba al girar.
Oh, ella era una preciosidad, claro que sí, con ese cuerpo de dinamita y esa gloriosa cascada de pelo rojo y ondeado. Pero era débil. Parecía emitir señales de radio que sólo él podía recibir. Uno se daba cuenta por ciertas cosas: por lo mucho que fumaba (pero él la tenía casi curada de eso); por el modo inquieto de mover los ojos, sin mirar nunca de frente a la persona con quien hablaba, dirigiéndole la vista sólo de vez en cuando, para apartarla de inmediato; por su costumbre de frotarse suavemente los codos cuando se ponía nerviosa; por sus uñas, que mantenía pulcras pero excesivamente cortas. Tom reparó en eso la primera vez que la vio. En cuanto ella levantó la copa de vino blanco, él le vio las uñas y pensó: “Las mantiene así de cortas porque se las come.”
Tal vez los leones no piensan, al menos no como la gente… pero ven. Y cuando los antílopes huyen de un abrevadero, alertados por el olor de la muerte próxima, los felinos observan cuál de ellos se queda en la retaguardia, quizá a causa de una pata coja, quizá porque es naturalmente más lerdo… o porque tiene menos desarrollado el sentido del peligro. Y hasta es posible que algunos antílopes (y algunas mujeres) deseen que los derriben.
De pronto oyó un ruido que lo arrancó bruscamente de esos recuerdos: el chasquido de un encendedor.
La furia sorda volvió. Su estómago se llenó de un calor no del todo desagradable. Fumaba. Ella fumaba. Tom Rogan le había dictado un curso especial sobre el tema. Y allí estaba ella, haciéndolo otra vez. Era lenta para aprender, sí, pero el buen maestro da lo mejor de sí con los alumnos lentos.
–Sí - dijo ella en ese momento -. Está bien. Sí… Escuchó, luego emitió una risa extraña, entrecortada, que Tom nunca le había oído.
–Dos cosas, ya que preguntas: resérvame alojamiento y reza por mí. Sí, está bien… Ya… yo también. Buenas noches.
Estaba colgando el auricular cuando él entró. Su intención había sido entrar con violencia, gritándole que apagara de inmediato el cigarrillo, ¡Ahora Mismo!, pero las palabras se le ahogaron en la garganta al verla. La había visto así en otras ocasiones, pero sólo dos o tres veces. Una vez, antes de la primera exhibición importante; otra, antes del primer desfile privado para compradores nacionales y, por último, al viajar a Nueva York para recibir el Premio Internacional del Diseño. Se paseaba por el cuarto a grandes pasos, con el camisón de encaje blanco modelándole el cuerpo y el cigarrillo sujeto entre los labios (por Dios, cómo detestaba verla con una colilla en la boca), despidiendo humo sobre el hombro izquierdo.
Pero fue la cara lo que lo detuvo, lo que le hizo morir el grito en la garganta. El corazón le dio un vuelco, ¡Bamp! Hizo una mueca de dolor, diciéndose que eso no era miedo sino sólo asombro de verla así.
Beverly sólo estaba completamente viva cuando el ritmo de su trabajo llegaba a un punto culminante. Cada una de las ocasiones que acababa de recordar se había relacionado, por supuesto, con su profesión. En esas ocasiones, Tom había visto a una mujer distinta de la que conocía tan bien. La mujer que aparecía en momentos de tensión era fuerte, pero cargada de nerviosismo; temeraria, pero imprevisible.
En ese momento había mucho color en sus mejillas, un rubor natural en los pómulos. En los ojos, bien abiertos y chispeantes, no quedaban señales de sueño. Su cabellera fluía y flotaba. Y ¡oh, miren eso, amigos y vecinos! ¡Oh, miren bien! ¿Acaso está sacando una maleta del armario? ¿Una maleta? ¡Por Dios, sí!
“Resérvame alojamiento… Reza por mí.”
Bueno, no le haría falta ningún alojamiento, ningún hotel en el futuro, porque la pequeña Beverly Rogan se quedaría muy quietecita en casa, y comería de pie durante tres o cuatro días.
Eso sí, buena falta le haría una oración o dos antes de que él terminara de arreglar cuentas.
Beverly arrojó la maleta a los pies de la cama y fue hacia su cómoda. Abrió el cajón superior y sacó dos pares de vaqueros y dos jerseis de lana gorda. Arrojó todo a la maleta. Otra vez a la cómoda, con el humo del cigarrillo dejando una estela por encima del hombro. Tomó un par de sus viejas blusas marineras con las que parecía una estúpida, pero que se negaba a dejar. Sin duda quien la había llamado no era de la jet set. Esa ropa era deslucida, como las que usaba Jackie Kennedy cuando pasaba el fin de semana en Hyannisport.
Pero a él no le interesaba quién la hubiera llamado ni dónde pensaba ir, porque ella no iba a ir a ninguna parte. No era eso lo que le taladraba la cabeza, torpe y dolorida por el exceso de cerveza y la falta de sueño.
Era el cigarrillo.
Se suponía que ella se había deshecho de todos los paquetes. Pero en ese momento exhibía la prueba de que no era así. Y como aún no había visto a Tom de pie en el umbral de la puerta, él se permitió el placer de recordar las dos noches en que se había asegurado el completo dominio de esa mujer.
–No quiero verte fumar nunca más - le había dicho cuando volvían a casa desde una fiesta en Lake Forest. Había sido en octubre, en otoño -. En las fiestas y en la oficina no tengo más remedio que aguantarme esa mierda, pero cuando estoy contigo no tengo por qué tragármela. ¿Sabes qué sensación me da? Te lo voy a decir: es como tener que comerse los mocos de otro.
Esperaba que eso provocara alguna leve chispa de protesta, pero ella se había limitado a mirarlo, tímida, ansiosa de agradar. Su voz sonó grave, mansa, obediente:
–Está bien, Tom.
–Tira eso, entonces.
Ella lo hizo. Tom estuvo de buen humor durante el resto de la noche.
Pocas semanas después, al salir de un cine, ella encendió un cigarrillo y le dio una calada mientras caminaban hacia el aparcamiento. Era una helada noche de noviembre, el viento castigaba cada centímetro de piel descubierta que lograba hallar. Tom recordó que había percibido el olor del lago, como sucede a veces en las noches frías, un olor chato, como a pescado y a vacío al mismo tiempo. La dejó fumar. Hasta le abrió la portezuela para que subiese al coche. Después se sentó al volante y dijo:
–¿Bev?
Ella se quitó el cigarrillo de la boca y giró hacia él. Tom le descargó la mano abierta, dura, contra su mejilla con fuerza suficiente como para que le cosquilleara la mano, con fuerza suficiente como para que a ella se le estrellara la cabeza contra el respaldo. Sus ojos se ensancharon de sorpresa y dolor… y algo más. Se llevó la mano a la mejilla para palparse el calor, el entumecimiento cosquilleante. Y gritó:
–¡Aaaaay! ¡Tom!
Él la miró con los ojos entornados, una sonrisa indiferente, dispuesto a ver qué pasaría, cómo reaccionaría ella. La polla se le estaba endureciendo en los pantalones, pero apenas se dio cuenta. Eso quedaba para después. De momento estaban en clase. Repasó lo que acababa de ocurrir. La cara de Bev. ¿Qué había sido esa tercera expresión, desaparecida al cabo de un instante? Primero, la sorpresa. Después, el dolor. Por último, la apariencia de un recuerdo… de algún recuerdo. Había estado allí sólo por un momento. Probablemente ella ni siquiera había notado su presencia en su cara y su mente.
A ver ahora. Estaría en lo primero que ella no dijera. Tom lo sabía.
No fue: ¡Hijo de puta!
No fue: Adiós, Mr. Macho .
No fue: Hemos terminado, Tom.
Ella se limitó a mirarlo con aquellos ojos de avellana, heridos, desbordantes, y dijo:
–¿Por qué has hecho eso? - Después trató de decir algo más, pero rompió a llorar.
–Tira eso.
–¿Qué? ¿Qué, Tom?
El maquillaje le corría por la cara en rastros lodosos. A él no le molestó. Casi le gustaba verla así. Era una piltrafa, pero también tenía algo de sensual. Algo dé arrastrada. Medio lo excitaba.
–El cigarrillo. Tíralo.
El amanecer de la conciencia. Y con ella, la culpa.
–¡Lo olvidé! - exclamó ella -. ¡Eso es todo!
–Tíralo, Bev, o te ganarás otra.
Beverly bajó el cristal y arrojó el cigarrillo. Luego se volvió hacia él, pálida, asustada, pero también serena.
–No puedes… no deberías pegarme. Es una mala base para una… una… relación duradera.
Estaba tratando de hallar un tono, una cadencia adulta para hablar, pero fracasaba. Él le había provocado una regresión. Estaba en ese coche con una criatura. Voluptuosa y sensual como un demonio, pero una criatura.
–No poder y no deber son dos cosas distintas, chiquilla - dijo Tom, manteniendo la serenidad, aunque por dentro se estremecía -. Y seré yo quien decida qué constituye una relación duradera y qué no. Si lo aguantas, bien; si no, puedes largarte. No voy a detenerte. Podría darte una patada en el culo como regalo de despedida, pero no te detendría. ¿Qué más quieres que te diga?
–Tal vez ya hayas dicho bastante - susurró ella.
Y él volvió a pegarle, más fuerte que la primera vez, porque ninguna mujer podía faltarle a Tom Rogan. Hubiera golpeado a la reina de Inglaterra, si le hubiese faltado.
La mejilla de Beverly chocó contra el tablero acolchado. Su mano buscó el picaporte de la portezuela, pero cayó. Se agazapó en el rincón, como un conejo, con una mano sobre la boca, los ojos grandes, húmedos, asustados. Tom la miró por un momento; después se bajó y rodeó el coche por atrás. Le abrió la portezuela. Su aliento despedía vapor en el negro y ventoso aire de noviembre; el olor del lago llegaba con toda claridad.
–¿Quieres salir, Bev? Te vi buscar el picaporte, así que has de querer salir. Bueno, está bien. Te pedí que hicieras algo y dijiste que lo harías. Después no lo hiciste. ¿Quieres salir? Anda, baja. Mierda, baja. ¿Quieres bajar de una puta vez?
–No - susurró ella.
–¿Cómo? No te he oído.
–No quiero bajar - dijo Beverly en voz algo más alta.
–¿Qué pasa? ¿Esos cigarrillos te provocan afonía? Si no puedes hablar, te conseguiré un megáfono, mierda. Es tu última oportunidad, Beverly. Habla para que te oiga: ¿quieres bajar de este coche o quieres volver conmigo?
–Quiero volver contigo - contestó ella apretándose las manos sobre el regazo como una chiquilla. No lo miraba. Las lágrimas le corrían por las mejillas.
–Está bien. Pero primero repite esto conmigo, Bev. Repite: “Olvidé no fumar delante de ti, Tom.”
Ella levantó los ojos, la mirada herida, suplicante. “Puedes obligarme a decir esto - rogaban sus ojos -, pero no lo hagas, por favor. No lo hagas. Te amo. ¿No, podemos dejarlo así?”
No, no se podía. Porque eso no era, en el fondo, lo que ella deseaba, y ambos lo sabían.
–Dilo.
–Olvidé no fumar delante de ti, Tom.
–Bien. Ahora di: “Perdón.”
–Perdón - repitió ella, inexpresiva.
El cigarrillo quedó humeando en el pavimento como un trozo de mecha encendida. Los que salían del teatro les echaban una mirada; un hombre de pie junto a la portezuela abierta de un viejo Vega, una mujer sentada dentro con las manos apretadas en el regazo, la cabeza gacha, las luces recortando la catarata suave de su pelo con un borde dorado.
Tom aplastó el cigarrillo. Lo convirtió en una mancha contra el pavimento.
–Ahora di: “No volveré a fumar sin tu permiso.”
–No volveré…
La voz de Beverly comenzó a atascarse.
–… no… n-n-n…
–Dilo, Bev.
–No volveré a f-fumar. Sin tu ppermiso.
Entonces él cerró la portezuela de un golpe y volvió al volante para llevarla a su apartamento del centro. Ninguno de los dos dijo palabra. La mitad de la relación había quedado establecida en el aparcamiento; la otra mitad se estableció cuarenta minutos después, en la cama de Tom.
Ella no quería hacer el amor, según dijo. Él vio una verdad diferente en sus ojos y en la humedad entre sus piernas. Cuando él le quitó la blusa, sus pezones estaban duros. Ella gimió al primer roce y lanzó una suave exclamación cuando él chupó, uno primero, el otro después, acariciándolos. Beverly le tomó la mano y se la llevó entre las piernas.
–Dijiste que no querías - le recordó Tom.
Y ella apartó la cara… pero no le soltó la mano; por el contrario, el balanceo de sus caderas se aceleró.
Él la volvió de espaldas en la cama. En vez de desgarrarle la ropa interior, se la quitó con un cuidado casi gazmoño.
Deslizarse en su interior fue como deslizarse en un aceite exquisito.
Se movió con ella, usándola, pero dejando también que ella lo usara. Beverly tuvo el primer orgasmo casi de inmediato, con un grito, clavándole las uñas en la espalda. Después se mecieron juntos en golpes largos, lentos y en algún momento a él le pareció que había otro orgasmo. Tom llegaba al borde y pensaba en el último partido de béisbol o en quién estaba tratando de quitarle la cuenta de Chesley en el trabajo, para abstraerse. Por fin empezó a acelerar hasta que su ritmo se disolvió en un concorveo excitado. Le miró la cara: los círculos de rímel, como los de un mapache, el lápiz de labios corrido. Y se sintió súbitamente disparado hacia el abismo, delirante.
Ella sacudió las caderas hacia arriba, más y más; en aquellos tiempos la cerveza no había puesto panza entre ellos y los vientres aplaudieron en ritmo cada vez más veloz.
Cerca del final, ella gritó y le mordió el hombro.
–¿Cuántas veces te corriste? - le preguntó él, después de que ambos se ducharon.
Beverly apartó la cara. Cuando habló, lo hizo con voz casi inaudible:
–Se supone que no debes preguntar eso.
–¿Ah, no? ¿Quién te lo dijo?
Le tomó la cara con una mano, con el pulgar hundido en una mejilla y los otros dedos en la otra, la palma abarcando el mentón.
–Confiésate con Tom – dijo -. ¿Me oyes, Bev? Cuéntale a papá.
–Tres - reconoció ella.
–Bien - dijo él -. Puedes fumar un cigarrillo.
Beverly lo miró con desconfianza, desparramado el pelo rojo sobre las almohadas, cubierta sólo con las bragas. Con sólo verla así, el motor volvía a funcionar. Hizo una señal de asentimiento.
–Anda – insistió -. Está bien.
Tres meses después se casaron en el juzgado. Asistieron dos amigos de Tom; por parte de Beverly, la única amiga presente fue Kay Mccall, a quien Tom llamaba “esa zorra feminista”.
Todos esos recuerdos pasaron por la mente de Tom en pocos segundos, como un fragmento cinematográfico acelerado, mientras la observaba desde el marco de la puerta. Ella había abierto el cajón del fondo, el que a veces llamaba “cajón de fin de semana”, y estaba arrojando prendas interiores dentro de la maleta. No eran las cosas que a él le gustaban, esos satenes deslizantes, esas sedas suaves. Eran prendas de algodón, cosas de chiquilla casi todas desteñidas y con nudos de goma reventada en la cintura. Un camisón de algodón que parecía salido de La familia Ingalls. Hundió la mano en el fondo de ese último cajón para ver qué otra cosa había allí.
Mientras tanto, Tom Rogan caminó por la alfombra hacia el armario. Estaba descalzo, su marcha fue tan silenciosa como un golpe de brisa. Era el cigarrillo. Eso lo había vuelto loco. Hacía mucho tiempo que ella no olvidaba aquella primera lección. Había tenido que enseñarle otras desde entonces, muchas otras. Hubo días calurosos en que ella debió usar blusas de mangas largas y hasta abrigos abotonados hasta el cuello. Días grises en que se puso anteojos oscuros. Pero esa primera lección había sido súbita y fundamental.
Tom había olvidado la llamada telefónica que lo había arrancado de su profundo sueño. Era el cigarrillo. Si ella volvía a fumar era porque se había olvidado de Tom Rogan. Momentáneamente, por supuesto, pero aun eso era mucho tiempo. No importaba el motivo. Esas cosas no debían suceder en su casa por ningún motivo. Dentro del armario había un gancho del que colgaba una ancha correa de cuero negro. No tenía hebilla, él se la había quitado hacía mucho tiempo. Estaba doblada en el extremo donde debía haber estado la hebilla y esa sección formaba un lazo en el cual Tom Rogan deslizó la mano.
“¡Te has portado mal, Tom! - había dicho su madre, algunas veces. Bueno, tal vez correspondía decir, antes bien, “con frecuencia” -. ¡Ven aquí, Tommy! Tengo que darte una paliza.” Una paliza…
Había sido el mayor de cuatro hijos. Tres meses después de nacer la menor, Ralph Rogan había muerto. Bueno, tal vez no correspondía hablar de morir, sino de suicidarse, puesto que había mezclado una generosa cantidad de lejía, endiablado brebaje que tragó sentado en el inodoro. La señora Rogan consiguió trabajo en la planta de Ford. Tom, aunque sólo tenía once años, se convirtió en el hombre de la familia. Y si fallaba, si la nena se ensuciaba en los pañales después de que se iba la niñera y el cagarro todavía estaba allí cuando mamá llegaba a casa… si él se olvidaba de cruzar a Megan en la esquina de Broad Street, después del parvulario y lo veía esa entrometida de la señora Gant… si Joey hacía un desastre en la cocina mientras él miraba América y su música… si ocurría cualquiera de estas cosas o un millar de otras nimiedades, entonces, cuando los otros chicos estaban ya en la cama, salía a relucir el palo de los castigos y la invocación: “Ven, Tom. Tengo que darte una paliza.”
Mejor ser el palizador que el apalizado.
Eso, al menos, lo tenía bien aprendido desde que circulaba por la gran autopista con peaje de la vida.
Por lo tanto, sacudió el extremo suelto del cinturón y ajustó el lazo a su mano. Luego cerró el puño. Era una agradable sensación. Lo hacía sentir adulto. La banda de cuero pendía de su puño cerrado como una serpiente negra, muerta. El dolor de cabeza se le había ido.
Beverly había encontrado una última cosa en el fondo del cajón: un viejo sostén de algodón blanco con copas reforzadas. La idea de que esa tardía llamada pudiera ser de un amante surgió por un instante en la mente de Tom y se hundió otra vez. Era ridículo. Una mujer que va al encuentro de su amante no reúne blusas viejas y ropa interior de algodón raído. Además, ella no era capaz.
–Beverly -dijo suavemente.
Ella giró, sobresaltada, con los ojos bien abiertos, la cabellera suelta.
El cinturón vaciló… Tom la miró, sintiendo otra vez intranquilidad. Sí, se la veía como cuando estaban por hacer las grandes exhibiciones, pero en esas ocasiones él no se entrometía comprendiendo que, por estar llena de miedo y agresividad competitiva, era como si su cabeza estuviera inflada con gas combustible; bastaría una chispa para que estallara. Esas exhibiciones no habían sido, para ella, la oportunidad de separarse de Delia Fashions para hacer carrera (y hasta fortuna) por cuenta propia. Eso no habría importado. Pero si eso hubiera sido todo, ella no habría tenido ese talento atroz. Para ella, esas exhibiciones habían sido una especie de superexamen en el cual debía medirse con fieros maestros. Lo que ella veía en esas ocasiones era cierta bestia sin rostro. No tenía rostro, pero sí nombre: Autoridad.
Y todo ese nerviosismo de ojos dilatados estaba ahora en su cara. Pero no sólo allí, sino también alrededor de ella, como un aura casi visible, una carga de alta tensión que la tornaba, súbitamente, más tentadora y más peligrosa que en muchos años. Tom sintió miedo porque ella estaba allí, toda allí, la ella esencial, separada de la ella que Tom Rogan quería, la ella que él había hecho.
Beverly parecía sorprendida y asustada. También se la veía excitada casi hasta la locura. Le relucían las mejillas de color, pero tenía parches blancos bajo los párpados inferiores. Su frente relumbraba con una resonancia cremosa.
Y el cigarrillo seguía sobresaliendo de su boca, ahora inclinado hacia arriba. ¡El cigarrillo! Con sólo verlo, la furia sorda se abatió otra vez sobre él en una ola verde. Vagamente, en el fondo de su mente, recordó que una noche, en la oscuridad, ella le había dicho algo con voz opaca e inquieta:
–Algún día me matarás, Tom. ¿Lo sabes? Algún día se te irá la mano y ése será el final. Perderás la chaveta.
Él había contestado:
–Tú haz las cosas a mi modo, Bev, y ese día no llegará.
Antes de que la ira lo borrara todo, se preguntó si había llegado, al fin y al cabo, ese día.
El cigarrillo. No importaban la llamada, la maleta, su aspecto extraño. Primero arreglarían lo del cigarrillo. Después se acostaría con ella. Y después discutirían el resto. Por entonces, tal vez ni siquiera tuviese importancia.
–Tom - dijo ella -. Tom, tengo que…
–Estás fumando. - Su voz parecía venir desde lejos, como de una radio -. Parece que lo has olvidado, nena. ¿Dónde los tenías escondidos?
–Mira, lo apago - dijo ella y fue a la puerta del baño. Arrojó el cigarrillo al inodoro (aún desde allí Tom vio las marcas de sus dientes en el filtro). Volvió -. Era un viejo amigo, Tom. Un viejísimo amigo. Tengo que…
–¡Que callarte, eso es lo que tienes que hacer! - le gritó él -. ¡Te callas!
Pero el miedo que deseaba ver, miedo de él, no estaba en su cara. Había miedo, pero era algo brotado del teléfono y el miedo no tenía por qué llegar a Beverly desde ese lado. Era casi como si no viera el cinturón, como si no lo viera a él. Tom sintió un goteo de ansiedad. ¿Estaba allí él? La pregunta era estúpida, pero ¿estaba?
Esa cuestión era tan terrible y elemental que, por un momento, se sintió en peligro de desligarse por completo de su propia raíz, hasta quedar flotando como una semilla de cardo en la brisa fuerte. Pero se dominó. Estaba allí, claro, y basta de cháchara psicológica por esa noche, joder. Estaba allí. Era Tom Rogan, Tom Rogan, por Dios, y si ese coño barato no se ponía en línea en los siguientes treinta segundos, quedaría como sacada de entre las ruedas de un tren.
–Tengo que darte una paliza. Lo siento, nena.
Había visto antes esa mezcla de miedo y agresividad, sí. En ese momento, por primera vez, saltó hacia él como un rayo.
–Deja eso - dijo ella -. Tengo que ir al aeropuerto cuanto antes.
“¿Estás aquí, Tom? ¿Estás?”
Tom apartó ese pensamiento. La banda de cuero que, en otros tiempos, había sido un cinturón, se balanceó lentamente delante de él, como un péndulo. Sus ojos vacilaron, pero de inmediato se prendieron a la cara de Beverly.
–Escúchame, Tom. Hay problemas en la ciudad donde nací. Problemas muy graves. En aquellos tiempos tuve un amigo. Supongo que pudimos haber sido novios, pero todavía no teníamos edad para eso. Él tenía sólo once años y era muy tartamudo. Ahora es novelista. Hasta creo que leíste uno de sus libros… ¿Los rápidos negros?
Le estudiaba la cara, pero él no le dio pistas. Sólo ese péndulo del cinturón, que iba y venía, iba y venía. Permanecía de pie, con la cabeza gacha y las gruesas piernas apartadas. Entonces ella se mesó el pelo, inquieta, distraída, como si tuviera cosas muy importantes en que pensar y no hubiera visto el cinturón. Aquella pregunta horrible, acusadora, volvió a resurgir en la mente de Tom: “¿Estás aquí? ¿Seguro?”
–Ese libro estuvo por aquí durante semanas y no lo relacioné. Tal vez debí hacerlo, pero todos somos mayores y hacía muchísimo tiempo que ni siquiera me acordaba de Derry. El caso es que Bill tenía un hermano, se llamaba George. A George lo mataron antes le que yo conociera a Bill. Lo asesinaron. Y al verano siguiente…
Pero Tom había escuchado ya demasiadas locuras, desde dentro y desde fuera. Avanzó rápidamente, levantando el brazo derecho por sobre el hombro, como si estuviera por arrojar una jabalina. El cinturón siseó en el aire. Beverly trató de apartarse, pero se golpeó el hombro derecho contra la puerta del baño y se oyó un carnoso ¡whap! al encontrar el cuero su brazo izquierdo y dejar una magulladura roja.
–Tengo que darte una paliza - repitió Tom. Su voz era cuerda, hasta apenada, pero él mostraba los dientes en una sonrisa blanca y helada. Quería ver esa expresión en sus ojos, esa expresión de miedo, terror y vergüenza, la que decía: “Sí, tienes razón, me lo merecía.” Esa expresión que decía: “Sí, estás ahí, siento tu presencia.” Entonces volvería el amor y eso estaba bien, era bueno, porque él la amaba, de veras. Hasta podían conversar, si ella quería, sobre quién había llamado y de qué se trataba todo eso. Pero eso sería después. De momento estaban en clase. El viejo uno dos: primero la paliza, después el sexo.
–Lo siento, nena.
–Tom no hagas e…
Él lanzó el cinturón hacia el costado y vio que le lamía las caderas. Se produjo un satisfactorio chasquido al terminar en la nalga. Y…
¡Por Dios, ella lo estaba sujetando! ¡Estaba sujetando el cinturón!
Por un momento, Tom Regan quedó tan atónito por ese inesperado acto de insubordinación que estuvo a punto de perder el cinturón. Lo habría perdido, de no ser por el lazo que lo aseguraba a su puño.
Se lo arrancó de un tirón.
–Nunca más trates de quitarme nada - dijo, ronco -. ¿Me oyes? Si tratas de hacerlo otra vez, te pasarás un mes meando zumo de moras.
–Basta, Tom - dijo Beverly. El tono lo enfureció. Parecía un maestro hablando con un chiquillo caprichoso en el recreo -. Tengo que irme. No es broma. Ha muerto gente y hace tiempo prometí…
Tom oyó muy poco de todo eso. Lanzó un aullido y se arrojó hacia ella con la cabeza gacha, lanzando el cinturón a ciegas. La golpeó una y otra vez apartándola de la puerta, haciendo que retrocediera a lo largo de la pared. Más tarde, por la mañana, no podría levantar el brazo sobre los ojos antes de tragarse tres tabletas de codeína, pero por el momento sólo sabía que ella lo estaba desafiando. No sólo había estado fumando: además había tratado de quitarle el cinturón. Oh, amigos y vecinos, ella se lo había buscado. Atestiguaría ante Dios que ella se lo había buscado y estaba por conseguirlo.
La llevó a lo largo de la pared disparando el cinturón en una lluvia de golpes. Ella mantenía las manos en alto para protegerse la cara, pero el resto de su persona era un blanco fácil. El cinturón emitía gruesos chasquidos de látigo en el silencio de la habitación. Pero ella no gritaba ni le pedía que parase, como de costumbre. Peor aún, no lloraba, como siempre lo hacía. Los únicos ruidos eran el cinturón y la respiración de ambos: la de él, pesada, áspera; la de ella, ligera y rápida. Beverly se apartó hacia la cama y el tocador que había a un lado. Tenía los hombros rojos de los golpes del cinturón. Su pelo chorreaba fuego. Él la siguió torpemente, más lento, pero grande, muy grande. Había jugado al squash hasta dos años antes, al desgarrarse el tendón de Aquiles. Desde entonces estaba un poco pasado de peso (“muy pasado” habría sido una expresión más correcta), pero los músculos seguían allí, como un firme cordaje envainado en la grasa. Aun así, se alarmó un poco por la falta de aliento.
Ella alcanzó el tocador. Tom supuso que se agazaparía allí, tal vez tratando de meterse abajo. Pero lo que hizo fue buscar a tientas… girar en redondo… y de pronto el aire se llenó de proyectiles. Le estaba ametrallando con los cosméticos. Un frasco de perfume francés le golpeó directamente entre las tetillas, cayó a sus pies y se hizo trizas. De pronto lo envolvió un asqueante olor a flores.
–¡Basta! - bramó -. ¡Basta, perra!
En vez de cesar, las manos de Beverly arrasaron la superficie de vidrio cogiendo todo lo que allí había, arrojándolo. Él se palpó el pecho, allí donde lo había golpeado la botella, incapaz de creer que ella le hubiera arrojado algo. La tapa de vidrio le había hecho un corte. Apenas un arañazo triangular, pero cierta dama pelirroja presenciaría la salida del sol desde un hospital. Oh, sí, por cierto, una dama que…
Un bote de crema lo golpeó sobre la ceja derecha con súbita fuerza. Oyó un choque sordo que parecía provenir del interior de su cabeza. Una luz blanca estalló en el campo visual de ese ojo. Retrocedió un paso, boquiabierto. Entonces fue un poco de Nivea lo que se estrelló contra su panza con un leve ruido a palmetazo. Y ella estaba… ¿Era posible? ¡Sí! ¡Le estaba gritando!
–¡Me voy al aeropuerto, hijo de puta! ¿Me oyes? ¡Tengo algo que hacer y me voy! ¡Te conviene quitarte de en medio porque me voy!
La sangre corrió hasta el ojo derecho de Tom, dulzona, caliente. Se enjugó con los nudillos.
Permaneció allí por un momento, mirándola como si la viera por primera vez. En cierto sentido era la primera vez que la veía. Los pechos le subían y bajaban con rapidez. Su rostro echaba fuego, todo rubor y palidez. Tenía los dientes descubiertos en una mueca feroz. Sin embargo, ya había vaciado la superficie del tocador. Su depósito de municiones estaba vacío. Él seguía viéndole el miedo en los ojos… pero no era miedo a él.
–Guarda esa ropa - dijo, intentando no jadear. Eso no quedaría bien. Sonaría a debilidad -. Después guardas la maleta y te metes en la cama. Y si haces todo eso, es posible que no te castigue demasiado. Es posible que puedas salir de la casa en dos días, no en dos semanas.
–Escúchame, Tom. - Hablaba con lentitud. Su mirada era muy clara -. Si vuelves a acercarte, te mataré ¿Lo entiendes, bolsa de tripas? Te mataré.
Y de pronto - tal vez por el odio de su cara, por el desprecio, tal vez porque lo había llamado bolsa de tripas o tal vez por el modo rebelde en que subían y bajaban sus pechos - el miedo lo sofocó. No era un pimpollo ni una flor, sino todo un maldito jardín, el miedo, el miedo horrible de no estar allí.
Tom Rogan se precipitó contra su mujer, esta vez sin aullar. Llegó silencioso como un torpedo. Probablemente su intención ya no era sólo golpear y someter, sino hacerle lo que ella, tan descaradamente, había prometido hacerle a él. Pensó que ella huiría hacia el baño. O hacia la escalera. Pero se mantuvo firme. Su cadera golpeó contra la pared cuando echó todo su peso contra el tocador, empujándolo hacia arriba, hacia él, sus palmas sudadas hicieron que se le resbalaran las manos y se rompió dos uñas.
Por un momento la mesa se tambaleó, inclinada, hasta que ella volvió a impulsarse hacia adelante. El tocador bailó sobre una sola pata, mientras el espejo reflejaba la luz, arrojando un breve acuario contra el cielo raso. Por fin, se inclinó hacia fuera. Su borde se clavó en los muslos de Tom, derribándolo. Se oyó un tintineo musical, mientras los frascos se hacían trizas dentro. Tom vio que el espejo se estrellaba y levantó un brazo para protegerse los ojos; así perdió el cinturón. El vidrio se hizo añicos en el suelo, plata por el dorso. Algún fragmento se le clavó, haciendo brotar la sangre.
Ahora sí, Beverly lloraba, el aliento le brotaba en fuertes sollozos, casi alaridos. Una y otra vez se había imaginado abandonando a Tom, abandonando su tiranía tal como lo había hecho con la de su padre, marchándose furtivamente en la noche, con el equipaje en el maletero de su Cutlass. No era estúpida, por cierto, ni siquiera en ese momento, de pie en el borde de ese desastre increíble, no era tan estúpida como para pensar que no había amado a Tom, que no lo amaba aún, de algún modo. Pero eso no evitaba que le tuviera miedo, que lo odiara, ni que se despreciara a sí misma por haberlo elegido sobre la base de oscuras razones que habrían debido quedar en el pasado. Su corazón no se quebraba, antes bien, parecía estar asándose en su pecho, fundiéndose. Sintió miedo de que el calor de su corazón aniquilara pronto su cordura en un incendio.
Pero sobre todas las cosas, martilleando sin cesar en el fondo de su mente, oía la voz seca y tranquila de Mike Hanlon: “Ha vuelto, Beverly… ha vuelto, y prometiste…”
El tocador se levantó y volvió a caer varias veces. Parecía estar respirando. Moviéndose con agilidad, con la boca torcida hacia abajo como en el preludio de alguna convulsión, caminó alrededor de la mesa caída, pisando de puntillas entre los fragmentos de vidrio y sujetó el cinturón en el momento justo en que Tom arrojaba el tocador a un lado. Entonces retrocedió, deslizando la mano en el lazo. Sacudió el pelo para quitárselo de los ojos y se quedó observando lo que él iba a hacer.
Tom se levantó. Un fragmento del espejo le había provocado un corte en la mejilla. Un tajo en diagonal trazaba una línea, fina como un hilo, a través de su ceja. La miró bizqueando, mientras se levantaba lentamente, y ella vio que tenía gotas de sangre en los calzoncillos.
–Dame ese cinturón -ordenó.
Ella, en cambio, se lo envolvió dos veces en la mano y lo miró desafiante.
–Deja eso, Bev. Ahora mismo.
–Si te acercas, te mataré a latigazos. - Las palabras surgían de su boca, pero le parecía imposible estar pronunciándolas. Y de cualquier modo, ¿quién era aquel cavernícola de calzoncillos ensangrentados? ¿Su esposo, su padre? ¿El amante de sus tiempos de universidad, el que le había roto la nariz una noche, al parecer por capricho? “Oh, Dios, ayúdame - pensó -. Ahora ayúdame.” Y su boca seguía hablando -. Sabes que puedo. Eres gordo y lento, Tom. Me voy, y creo que no volveré. Creo que esto ha terminado.
–¿Quién es ese tal Denbrough?
–Olvídalo. Fui…
Se dio cuenta, casi demasiado tarde, de que la pregunta había sido una treta para distraerla. Tom cargó antes de que la última palabra hubiera surgido de su propia boca. Beverly describió un arco con el cinturón y el ruido que produjo al chocar contra la boca de Tom fue el de un corcho empecinado al salir de la botella.
Tom chilló, apretándose las manos contra la boca, con los ojos enormes, doloridos, espantados. Por entre los dedos comenzó a escurrirse la sangre.
–¡Me has roto la boca, puta! - aulló, sofocado -. ¡Ah, Dios, me has roto la boca!
Volvió a atacarla, estirando las manos, con la boca convertida en un manchón rojo. Sus labios parecían partidos en dos puntos. Uno de sus incisivos había perdido la corona. Ante la mirada de Beverly, él la escupió a un lado. Una parte de ella retrocedía, apartándose de esa escena, asqueada y gimiendo, con el deseo de cerrar los ojos. Pero la otra Beverly sentía la exaltación de un condenado a muerte liberado por un terremoto. A esa Beverly le gustaba todo aquello. “¡Ojalá te la hubieras tragado! - pensaba ella -. ¡Ojalá te hubieras ahogado con ella!” Fue esa última Beverly la que descargó el cinturón por última vez, el mismo cinturón con que él la había golpeado en las nalgas, las piernas y los pechos. El cinturón que él había usado incontables veces en los últimos cuatro años. La cantidad de golpes recibidos dependía de lo mal que una se portara. ¿Tom llega a casa y la cena está fría? Dos latigazos. ¿Bev se queda trabajando hasta tarde en el estudio y se olvida de llamar a casa? Tres latigazos. Vaya, vean esto: Beverly se ha buscado otra multa de aparcamiento. Un latigazo… en los pechos. Él era bueno. Rara vez magullaba. Y ni siquiera hacía doler tanto. Descontando la humillación. Eso sí lastimaba. Y lo que más lastimaba era saber que una parte de ella quería ese dolor. Quería esa humillación.
“Esta última vez va por todas”, pensó. Y bajó el brazo.
El cinturón cruzó los testículos de Tom con un ruido enérgico pero sordo, como el que hace una mujer al apalear una alfombra. Bastó con eso. Tom Rogan perdió las ganas de pelear.
Lanzó un chillido agudo y cayó de rodillas como para rezar. Tenía las manos entre las piernas y la cabeza echada hacia atrás. En el cuello le sobresalían los tendones. Su boca era una mueca patética de dolor. Su rodilla izquierda descendió directamente sobre un trozo de vidrio, parte del frasco de perfume. Rodó silenciosamente de costado, como una ballena, apartando una mano de las pelotas para sujetarse la rodilla sangrante.
“La sangre - pensó ella -. Por Dios, está sangrando por todas partes.”
“Sobrevivirá - replicó fríamente esa nueva Beverly, la que parecía haber surgido con la llamada telefónica de Mike Hanlon -: Los tipos como él siempre sobreviven. Pero sal volando de aquí antes de que él decida seguir con el baile. O antes de que resuelva ir al sótano a buscar su Winchester.”
Retrocedió sintiendo una punzada de dolor en el pie. Había pisado un trozo de espejo. Se agachó para coger la maleta, sin quitar los ojos de Tom. Retrocedió hasta la puerta y salió al pasillo. Tenía la maleta delante de ella, con las dos manos y le golpeaba las piernas al caminar. Su pie herido iba dejando huellas sangrientas. Cuando llegó a la escalera, giró en redondo y bajó deprisa sin permitirse pensar. Sospechaba que, de cualquier modo, ya no le quedaban pensamientos coherentes, al menos de momento.
Sintió un leve roce contra la pierna y gritó.
Vio que era el extremo del cinturón, aún envuelto en su mano. Bajo aquella luz opaca se parecía a una serpiente muerta. Lo arrojó por sobre la barandilla con una mueca de asco y lo vio aterrizar en la alfombra del vestíbulo.
Al pie de la escalera, cogió el ruedo de su camisón de encaje blanco y se lo quitó por la cabeza. Estaba manchado de sangre y no quería tenerlo puesto un segundo más. Lo dejó caer a un lado. Desnuda, se agachó hacia la maleta. Sus pezones estaban fríos y duros como balas.
–¡Beverly, sube inmediatamente!
Lanzó una exclamación y dio un respingo, pero volvió a inclinarse hacia la maleta. Si él estaba lo bastante fuerte como para gritar así, ella tenía menos tiempo del que pensaba. Abrió la maleta y sacó una blusa, bragas y un viejo par de vaqueros. Se los puso precipitadamente, de pie junto a la puerta, sin apartar la vista de la escalera. Pero Tom no apareció allá arriba. Aulló su nombre dos veces más. En cada ocasión el sonido la hizo retroceder, con los ojos acosados y los labios descubriendo los dientes en una mueca de angustia.
Se abotonó la blusa a toda velocidad. Le faltaban los dos botones de arriba (resultaba irónico que cosiera tan poco para ella misma); probablemente parecería una prostituta buscando el último cliente de la noche. Pero no había remedio.
–¡Te voy a matar, mala puta! ¡Maldita zorra!
Cerró de un golpe la maleta y le echó el cerrojo. El brazo de una camisa quedó fuera, como una lengua. Echó un vistazo en derredor, apresuradamente, intuyendo que jamás volvería a ver esa casa. Sintió alivio ante la idea. Así pues, abrió la puerta y salió.
Estaba a tres manzanas de distancia, caminando sin rumbo, cuando se dio cuenta de que todavía estaba descalza. El pie que se había cortado, el izquierdo, le palpitaba sordamente. Tenía que ponerse algún calzado y eran casi las dos de la madrugada. Su billetera y sus tarjetas de crédito estaban en la casa. Metió la mano en los bolsillos del vaquero y sólo sacó un poco de pelusa. No tenía un centavo. Miró en derredor: un vecindario residencial, casas bonitas, prados pulcros, canteros y ventanas oscuras.
Y de pronto se echó a reír.
Beverly Rogan, sentada en un muro de piedra, con la maleta entre los pies sucios, reía. Habían salido las estrellas. ¡Y cómo brillaban! Inclinó la cabeza hacia atrás y se rió de ellas. Ese descabellado entusiasmo corría por ella otra vez; como una ola que la levantara, llevándola, purificándola, una fuerza tan poderosa que cualquier pensamiento consciente se perdía en ella; sólo el pensamiento de la sangre y su voz única, poderosa, le hablaban con algún inarticulado sistema del deseo, aunque no sabía ni le importaba saber qué deseaba. “Deseo”, pensó. Y dentro de ella, aquella marea de entusiasmo pareció cobrar velocidad precipitándose hacia alguna rompiente inevitable.
Se rió de las estrellas, asustada pero libre; el terror era agudo como el dolor y dulce como una manzana madura. Cuando se encendió una luz, en un dormitorio del piso superior de la casa a la que pertenecía ese muro de piedra, levantó la maleta y huyó hacia la noche, siempre riendo.
Fragmento de IT de Stephen King.
CREPÚSCULO CIVIL
Un relato de la Hermana Justiciera
Fue el verano en que la gente dejó de quejarse del precio de la gasolina. El verano en que dejaron de echar pestes de los programas que daban por televisión.
El 24 de junio, el sol se puso a las 8.35. El crepúsculo civil terminó a las 9.07. Una mujer iba caminando colina arriba por el tramo empinado de Lewis Street. En la manzana se quedaba entre las avenidas Diecinueve y Veinte, oyó el ruido de alguien que aporreaba algo. Era el ruido que podría hacer un martinete, un ruido de martillazos muy fuertes que ella pudo notar a través de los zapatos planos en la acera de cemento. Se producía cada pocos segundos, y se volvía más fuerte con cada martillazo, como si se estuviera acercando. La acera estaba vacía y la mujer retrocedió hasta apoyarse en la pared de ladrillo de un edificio de alquiler de apartamentos. Al otro lado de la calle había un hombre oriental de pie en la reluciente entrada de cristal de una charcutería, secándose las manos en un trapo blanco. En algún punto a oscuras en medio de dos farolas, algo de cristal se rompió. El porrazo volvió a sonar y la alarma de un coche se puso a aullar. Los porrazos se acercaron, invisibles en plena noche. Un expendedor de periódicos salió disparado de lado y se estrelló contra la calle. Algo volvió a estrellarse, dijo la mujer, y estallaron las ventanas de una cabina telefónica situada solamente a tres coches aparcados de distancia del sitio donde ella estaba.
De acuerdo con un pequeño artículo en el periódico del día siguiente, se llamaba Theresa Wheeler. Tenía treinta años. Y estaba empleada en un bufete de abogados.
Para entonces el hombre oriental se había vuelto a meter en la charcutería. Le dio la vuelta al letrero de forma que dijera: Cerrado. Con el trapo todavía en la mano, corrió hasta la parte trasera de la tienda y apagó las luces.
Entonces la calle se quedó a oscuras. La sirena del coche aullaba. El estruendo regresó, tan fuerte y tan cercano que el reflejo de Wheeler reverberó cuando temblaron los cristales del escaparate de la charcutería a oscuras. Un buzón, atornillado a la acera, explotó haciendo tanto ruido como un cañón y después se quedó temblando, vibrando, abollado e inclinado a un lado. Un poste de madera de la compañía eléctrica se estremeció y sus cables cayeron sobre este, golpeteándose entre sí y provocando una lluvia de chispas, como fuegos artificiales resplandecientes.
A una manzana colina abajo de donde estaba Wheeler, en el costado de plexiglás de la marquesina de una parada de autobuses, con la fotografía alumbrada de fondo de una estrella de cine vestida únicamente con calzoncillos, el plexiglás explotó.
Wheeler permaneció de pie, con la espalda pegada a la pared de ladrillo que tenía detrás, con los dedos metidos en las junturas de los ladrillos, las yemas de los dedos tocando la argamasa, aferrándose con tanta fuerza como si fueran de hiedra. Con la cabeza tan echada hacia atrás que cuando se lo mostró a la policía, cuando les contó su historia, el áspero ladrillo le había dejado un punto calvo en la cabeza.
Y luego, dice ella, nada.
No sucedió nada. No pasó nada por la calle a oscuras.
La Hermana Justiciera, que es quien está contando esto, se está embutiendo un cuchillo debajo de cada una de sus uñas haciendo palanca hasta arrancarlas.
El crepúsculo civil, dice, es el período del tiempo que media entre el crepúsculo y el momento en que el sol está a más de seis grados por debajo del horizonte. El crepúsculo civil, dice la Hermana Justiciera, es distinto al crepúsculo náutico, que dura hasta que el sol está a doce grados por debajo del horizonte. El crepúsculo astronómico dura hasta que el sol está a dieciocho grados por debajo del horizonte.
La Hermana cuenta que aquello que nadie había visto siguió avanzando colina abajo desde el sitio donde estaba Theresa Wheeler y abolló el techo de un coche que estaba parado en un semáforo en las inmediaciones de la calle Dieciséis. La misma nada invisible destruyó el letrero de neón de The Tropics Lounge, aplastando los tubos de neón y doblando el letrero por la mitad pese a que estaba junto a la ventana de un tercer piso.
Con todo, no había nada que describir. Efectos sin causas. Un disturbio invisible había avanzado causando estragos desde la avenida Veinte hasta alguna parte cerca de los muelles.
El 29 de junio, dice la Hermana Justiciera, el sol se puso a las 8.36.
El crepúsculo civil terminó a las 9.08.
De acuerdo con un tipo que trabajaba en la taquilla del Olympia Adult Theater, algo pasó rozando la parte delantera del cristal de su taquilla. Algo que no pudo ver. Fue más bien un ruido como de aire, como un autobús invisible o como una gigantesca exhalación, y pasó tan cerca de él que hizo revolotear los billetes que había estado amontonando. Nada más que un ruido agudo. En el margen de su campo visual, las luces de la cafetería que había en la acera de enfrente parpadearon, se encendieron y se apagaron, como si algo emborronara el mundo entero durante un instante.
Un instante más tarde, el taquillero dijo haber oído los porrazos enormes de los que también hablaba Theresa Wheeler. Un perro ladró en algún punto de la oscuridad. Era el ruido de algo que caminaba, le dijo a la policía el chaval de la taquilla. El ruido de algo que avanzaba con pasos de gigante. Un pie gigantesco que nunca vio pasar, a una distancia no mayor que la que alcanza la respiración.
El primero de julio la gente se estaba quejando de la escasez de agua. Refunfuñando por los recortes del presupuesto municipal y por toda la policía a la que se estaba suspendiendo temporalmente por falta de dinero. Aumentaban los robos en los coches. Las pintadas con espray y los atracos a mano armada.
El 2 de julio ya no se quejaban.
El primero de julio el sol se puso a las 8.34, y le crepúsculo civil terminó a las 9.03.
El 2 de julio, una mujer que estaba paseando a su perro encontró el cuerpo de Lorenzo Curdy, con un lado de su cara aplastado. Muerto, dice la Hermana Justiciera.
– Hemorragia subaracnoide – dice.
En el momento previo a ser golpeado, el hombre debió de sentir algo, tal vez la ráfaga de aire, algo, porque se tapó la cara con las manos. Cuando lo encontraron, tenía las manos clavadas en la cara, sepultadas tan adentro que las uñas le habían llegado hasta el mismo cerebro aplastado.
Estás en la calle, y mientras vas andando entre dos farolas, lo puedes oír en la oscuridad. El estruendo. Alguna gente lo describía como un ruido de pisadas enormes. Luego se oía un segundo más cercano, al lado de uno, o, peor todavía, la siguiente víctima eras tú. La gente lo oía acercarse, una vez, dos veces, cada vez más cerca, y se quedaban paralizados. O bien obligaba a sus pies a moverse, el izquierdo, el derecho, el izquierdo, dando tres o cuatro pasos hasta meterse en un portal cercano. Se agachaban, encogidos de miedo, al lado de un coche aparcado. Y el siguiente paso sonaba más cerca, se oía un estruendo y la alarma de un coche se ponía a aullar. Aquella cosa avanzaba por la calle, cada vez más cerca, cada vez más fuerte y más rápido.
En la oscuridad total, dice la Hermana Justiciera, golpeaba – ¡bam! – como un relámpago negro.
El 13 de julio, el sol se puso a las 8.33 y el crepúsculo civil terminó a las 9.03. Una mujer llamada Angela Davis acababa de salir de trabajar de una tintorería de Center Street cuando la nada le asestó un golpe en medio de la espalda y le rompió la columna vertebral con tanta fuerza que salió disparada de sus zapatos.
El 17 de julio, el crepúsculo civil terminó a las 9.01 y un hombre llamado Glenn Jacobs se bajó de un autobús y echó a andar por Porter Street en dirección a la avenida Veinticinco. Aquello que nadie podía ver lo golpeó tan fuerte que le reventó la caja torácica. Su pecho quedó aplastado igual que se puede aplastar una cesta de mimbre.
El 25 de julio, el crepúsculo civil terminó a las 8.55. Mary Leah Stanek fue vista por última vez haciendo footing por Union Street. Se paró para atarse una zapatilla de tenis y comprobarse el pulso con su reloj de pulsera. Stanek se quitó la gorra de visera que llevaba. Le dio la vuelta y se la volvió a poner, metiéndose el pelo largo castaño dentro de la misma.
Dobló al oeste por Pacific Street y allí fue donde murió. Con la cara arrancada del cráneo y de los músculos de debajo.
– Avulsión – dice la Hermana Justiciera.
A lo que mató a Stanek le habían limpiado las huellas dactilares. Estaba pringado de sangre y de pelo. El arma asesina se encontró debajo de un coche aparcado en la Segunda avenida.
Era una bola de bolera, informó la policía.
Una de esas bolas de bolera sucias y de color negro grasiento que se pueden comprar en cualquier tienda benéfica de objetos de segunda mano por medio dólar. Siempre hay donde escoger, porque tienen cubetas llenas de ellas. Alguien que comprara una cada cierto tiempo, digamos una bola al año en todas las tiendas de chatarra de la ciudad, a estas alturas podría tener cientos de ellas. Hasta en las boleras es fácil salir del local con una bola de cuatro kilos debajo del abrigo. Una bola de seis kilos metida en un cochecito de bebé es un arma apenas escondida.
La policía dio una rueda de prensa. Fueron hasta un aparcamiento y alguien tiró una bola de bolera con fuerza contra el cemento. Y la bola rebotó. Haciendo un ruido como de un martinete a lo lejos. Y botó alto, y más alto que el hombre que la había tirado. No dejó marca en el suelo, y si la acera hubiera estado inclinada, dijo la policía, habría continuado calle abajo, botando cada vez más alto y más deprisa, rebotando colina abajo con zancadas muy largas. La tiraron desde una ventana de un tercer piso en la comisaría y la bola botó todavía más alto. Los reporteros de la televisión lo grabaron todo. Y todas las cadenas lo pasaron aquella noche.
El ayuntamiento propuso una ley para que se pintaran todas las bolas de color rosa brillante. O de color amarillo fosforescente, o naranja, o verde, o de algún color que uno pudiera ver cómo se acercaba volando a la cara de uno en una calle oscura en plena noche. A fin de darles a la gente un momento para esquivarla y evitar que, blam, se quedaran sin cara.
Los próceres de la ciudad propusieron una ley para que la posesión de bolas negras fuera delito.
La policía lo denominó “asesino sin motivo específico”. Como Herbert Mullin, que mató a diez personas para evitar terremotos en el sur de California. O como Norman Bernard, que disparaba a los vagabundos porque creía que así podía ayudar a la economía. Lo que el FBI llamaba “asesinos por motivos personales”.
La Hermana Justiciera dice:
– La policía creyó que el asesino era su enemigo.
La bola de bolera era una maniobra de encubrimiento de policía, dijo la gente. La bola de bolera era una pista falsa. Un intento de monstruo. La bola de bolera era un apaño apresurado para mantener tranquilo a todo el mundo.
El 31 de julio, el sol estuvo a seis grados por debajo del horizonte a las 8.49. Aquella noche, Darryl Earl Fitzhugh no tenía donde pasar la noche y estaba durmiendo en Western Avenue. Abierto encima de la cara, Fitzhugh tenía un ejemplar en edición de bolsillo de Forastero en tierra extraña cuando algo le aplastó el pecho, le colapsó los dos pulmones y le partió el músculo cardíaco.
De acuerdo con el testigo, el asesino salió de la bahía, arrastrándose por encima del borde del espigón. Otro testigo vio al monstruo, que rezumaba limo, saliendo entre forcejeos del sumidero. Aquella misma gente dijo que las pruebas forenses concordaban con un bofetón enorme de revés de un lagarto gigante que caminaba sobre las patas traseras. Que la caja torácica hundida era la prueba clara de que a la víctima la había pisado un ser atávico de la era de los dinosaurios.
Se trataba de algo que corría, decía otra gente, algo que iba muy cerca del suelo, demasiado veloz para ser un animal. O bien era un maníaco que causaba estragos con un mazo de veinticinco kilos. Un testigo dijo que estaban siendo “golpeados” por el Dios del Antiguo Testamento. Matados a manotazos por algo que tenía una pata gigantesca. Negro como la negra noche. Silencioso e invisible. Todo el mundo veía algo distinto.
– Lo que importa – dice la Hermana Justiciera – es que la gente necesita un monstruo en el que creer.
Un enemigo verdadero y horrible. Un demonio contra el cual definirse. De otra manera, no somos más que nosotros contra nosotros mismos.
Hundiendo la punta del cuchillo debajo de otra uña, dice: Lo importante es que la tasa de crímenes descendió.
En tiempos así, todo hombre es sospechoso. Y toda mujer, una víctima potencial.
La atención pública siguió el mismo proceso durante los asesinatos de Whitechapel. Perpetrados por Jack el Destripador. Durante aquellos cien días, la tasa de asesinatos cayó en un noventa y cuatro por ciento, y se limitó a cinco prostitutas. Con las gargantas degolladas. Con un riñón comido a medias. Con tripas colgadas de los ganchos de los cuadros de la sala. Con los órganos sexuales y un feto robados a modo de recuerdo. Los robos a casas cayeron en un ochenta y cinco por ciento. El asalto en un setenta por ciento.
La Hermana Justiciera dice que nadie quería ser la siguiente víctima del Destripador. Que la gente cerraba las ventanas con cerrojo. Y lo que es más importante, que nadie quería ser acusado de ser el asesino. La gente no salía de noche.
Durante los Asesinatos de Niños de Atlanta, mientras treinta niños eran estrangulados, atados a árboles y apuñalados, matados a golpes y a tiros, la mayor parte de la ciudad vivía en una calma y una seguridad que nunca había conocido.
Lo mismo con los Asesinatos de los Torsos de Cleveland. Con el Estrangulador de Boston. El Destripador de Chicago. El Asesino de la Porra de Tulsa. El Acuchillador de Los Ángeles…
Durante aquellas olas de asesinatos, en cada ciudad descendió en picado el crimen. Salvo por el puñado de víctimas espectaculares, con los brazos cortados y con las cabezas encontradas en otra parte, salvo por aquellos sacrificios teatrales, en cada una de aquellas ciudades disfrutó del período más seguro de su historia.
Durante los Asesinatos del Hombre del Hacha de Nueva Orleans, el asesino escribió al periódico local, el Times-Picayune. La noche del 19 de marzo, el asesino prometió no matar a nadie en aquellas casas en que se oyera jazz. Aquella noche en Nueva Orleans sonó un estruendo de música, y no hubo víctimas.
– En una ciudad con un presupuesto policial limitado – dice la Hermana Justiciera –, un asesino en serie que atraiga mucho la atención es un medio eficaz de modificación de la conducta.
Con la sombra de aquel horrible hombre del saco que rondaba las calles del centro, nadie se quejaba de la tasa de desempleo. Ni de la escasez de agua. Ni del tráfico.
Con aquel ángel de la muerte que iba de puerta en puerta, la gente se mantenía unida. Dejaban de echar pestes de todo y se comportaban como era debido.
En aquel punto de la historia de la Hermana Justiciera, la Directora Denegación entra, llamando entre sollozos a Cora Reynolds.
Una cosa es que muera alguien, dice la Hermana, alguien con la caja torácica aplastada tratando de respirar una vez más antes de morir, entre convulsiones y gemidos, con la boca muy abierta, dando bocanadas de aire. Cuando alguien tiene la caja torácica aplastada, dice, te puedes arrodillar a su lado en la calle a oscuras sin que nadie te vea. Puedes ver cómo se le entelan los ojos. Pero matar a un animal, bueno, es distinto. Los animales, dice, los perros, son lo que nos hace humanos. Son la prueba de nuestra humanidad. El resto de la gente simplemente nos hace redundantes. Los perros o los gatos, los pájaros o los lagartos nos convierten en Dios.
Durante todo el día, dice, nuestro mayor enemigo son los demás. Es la gente que nos rodea en un atasco de tráfico. La gente que tenemos delante en la cola del supermercado. Son las cajeras del supermercado que nos odian por tenerlas tan ocupadas. No, la gente no quería que aquel asesino fuera otro ser humano. Pero sí querían que hubiera muertes.
En la antigua Roma, dice la Hermana Justiciera, en el Coliseo, el “editor” era el hombre que organizaba los deportes sangrientos que eran la forma principal de mantener a la gente pacificada y unida. De ahí es de donde viene realmente la palabra “editor”. Hoy día, nuestro editor planea el menú de asesinatos, violaciones, incendios provocados y asaltos que hay en la portada del periódico del día.
Por supuesto, hubo un héroe. Por accidente, el 2 de agosto, día en que el sol se puso a las 8.34, una joven de veintisiete años llamada María Álvarez estaba saliendo de un hotel donde trabajaba como auditora nocturna. Se paró un momento en la acera para encender un cigarrillo cuando un hombre tiró de ella hacia atrás. En aquel preciso momento el monstruo pasó a toda velocidad. Aquel hombre le salvó la vida. La ciudad entera lo aplaudió en la televisión, pero en el fondo de sus corazones lo odiaron.
Al héroe, al mesías aquel, nadie lo quería. A aquel estúpido hijo de puta que había salvado una vida que no era la de él. Lo que la gente quería era un sacrificio cada pocos días, algo que arrojar al volcán. Nuestra ofrenda regular a un destino arbitrario.
El final de todo llegó cuando una noche el monstruo pilló a un perro. Un perrillo que era poco más que un despojo peludo atado con una correa a un parquímetro de Porter Street y que se quedó quieto ladrando mientras los porrazos se le acercaban. Cuando más se acercaba el estruendo, más ladraba el perro.
El escaparate de una tienda se resquebrajó y se convirtió en un puzzle de cristal roto. Una boca de incendios fue derribada con un ruido metálico, un crujido de hierro forjado, liberando una cortina blanca y siseante de agua. El borde de la repisa de una ventana explotó provocando una lluvia de fragmentos y polvo de cemento. Un parquímetro recibió un golpe tremendo y se quedó tintineando sobre su base, por las monedas que tenía dentro. Un letrero de “Prohibido aparcar” cayó abatido, arrancado de su poste metálico. El poste metálico quedó vibrando como resultado del impacto invisible.
Al siguiente porrazo, los ladridos se detuvieron.
Después de aquella noche, el monstruo pareció desparecer. Pasó una semana y las calles seguían vacías después de que se hiciera oscuro. Pasó un mes y los editores encontraron un nuevo horror que poner en la portada del periódico. Una guerra en algún país. Un tipo nuevo de cáncer.
El 10 de septiembre el sol se puso a las 8.02. Curtis Hammond estaba saliendo de una sesión de terapia de grupo que asistía todas las semanas en el 257 de West Mill Street. Se estaba aflojando el nudo de la corbata cuando sucedió. Acababa de desabrochare el botón del cuello de la camisa. Fue entonces cuando se dio la vuelta para inspeccionar la calle. Sonrió mientras el aire cálido le daba en la cara, cerró los ojos y respiró por la nariz. Un mes atrás, todo el mundo había sabido de él por las portadas de los periódicos. Por las noticias de la televisión. Había tirado de una auditora nocturna y la había salvado de morir a manos del monstruo.
Era el héroe que no queríamos.
El 10 de septiembre el crepúsculo civil tuvo lugar a las 8.34 y un momento más tarde Curtis Hammond se giró al oír un ruido. Con la corbata aflojada, miró la oscuridad con los ojos entornados. Sonriendo, con su dentadura brillante, dijo:
– ¿Hola?
Fantasmas, Chuck Palahniuk.
NADA MÁS QUE LA VERDAD
Un poema sobre la Hermana Justiciera
“Un hombre puso una demanda por valor de un millón de pavos – dice la Hermana Justiciera – porque alguien le había mirado mal.”
Era el primer día que ella hacía de jurado.
La Hermana Justiciera en el escenario, cubriéndose con un libro la pechera de su blusa.
Su blusa amarilla de volantes y con bordes de encaje.
El libro encuadernado en cuero negro con el título estampado en pan de oro sobre la portada: Santa Biblia.
En su cara, unas gafas de montura negra.
Sus únicas joyas, una pulsera de recordatorios plateados tintineantes y trémulos,
su peinado teñido del mismo tono negro intenso que el betún de sus zapatos. Que su Biblia.
En el escenario, en vez de un foco, un fragmento de película:
en los cristales de sus gafas resplandecen imágenes reflejadas de sillas eléctricas y
de cadalsos. Imágenes borrosas de noticiarios que muestran
a prisioneros sentenciados a la cámara de gas
o a ser fusilados.
Allí donde ella debería tener ojos
no hay ojos.
Aquel primer día como jurado, en el siguiente juicio, un hombre tropezó con un bordillo y demandó
al coche de lujo sobre el que había caído.
Pidiendo un premio de cincuenta mil pavos por ser un patoso así de estúpido.
“Toda esta gente que no tiene sentido de la coordinación física”, dice la Hermana Justiciera.
Todos tienen un enorme talento para echar la culpa.
Otro hombre quería cobrarle cien de los grandes a un tipo que se había dejado extendida en su jardín
una manguera que le hizo tropezar y romperse el tobillo,
mientras escapaba de la policía por otro caso completamente distinto
de violación.
El violador lisiado quería una fortuna por su dolor y su sufrimiento.
Allí arriba, en el escenario, con las medallitas de plata brillando junto al encaje del puño de su camisa,
agarrando la Biblia con los dedos de las dos manos,
con las uñas pintadas del mismo color amarillo que los volantes,
la Hermana Justiciera dice que ella paga sus impuestos con puntualidad.
Que nunca cruza la calzada sin mirar. Que recicla el plástico. Que va a trabajar en autobús.
“Y después de aquello – dice la Hermana Justiciera sobre su primer día como jurado –, le dije al juez…”
Alguna versión estilo pulsera de medallitas de:
“A la mierda con este rollo”,
Y el juez la detuvo a ella por desacato.
Fantasmas, Chuck Palahniuk.
Fragmento de Un mundo feliz de Aldous Huxley.
Sheriff Truman: Hay algo que podamos ir haciendo.Albert Rosenfield: Si, prácticas de caminar sin arrastrar sus huesos por el suelo. Sheriff Truman: Albert, a propósito de huesos. Una vez le tumbé de un puñetazo, y me sentí mal después de hacerlo. La próxima vez voy a sentir un gran placer. Albert Rosenfield: Ahora escúcheme. Admito ser algo cínico, pero lo que desde luego lo que si soy, lo he sido toda mi vida, es contrario a la violencia. Me enorgullece no haber participado en ningún combate de boxeo porque yo he escogido vivir mi vida en compañía de Gandhi y de King. Mis preocupaciones son globales. Yo rechazo absolutamente las venganzas, represalias y agresiones. Y el fundamento de este método es… el amor. Le amo sheriff Truman.
(Twin Peaks)
Bart: Chivato, ¿cómo has podido delatarme? Milhouse: Porque no quiero que los cuervos me piquen el alma. Bart: No seas tonto, el alma no existe. Son cuentos para niños como El Coco o Michael Jackson.
(Los Simpson)
- Hoy en día todo cuesta un ojo de la cara, por ejemplo mira esta biblia, todo el mundo es pecador, menos el que la escribió.
(Homer Simpson de Los Simpson)
Goku: ¿Nos fusionamos? Vegeta: ¿Cómo? ¿Podrías repetir eso? Goku: Ya lo has oído. Tú y yo seremos sólo uno. Vegeta: Te has vuelto loco. Es imposible. Jamás había oído algo tan estúpido. Goku: No tenemos elección y lo sabes muy bien, ese monstruo nos supera en todo. Por separado no tenemos ninguna oportunidad. Vegeta: No, antes muerto que fusionado contigo. Búscate a otro. Goku: Vegeta, por si lo has olvidado ya estás… muerto.
(Vegeta y Goku de Dragón Ball en la película ¡Fusión!)
Vegeta: ¿Qué? ¿Te gusta este sitio? No olvides que ésta va a ser tu última morada. - risa de Vegeta - Sabes, hasta tienes suerte. Dentro de un momento vas a tener el privilegio de ser eliminado por uno de los mejores guerreros del universo. Los guerreros del espacio pasan por múltiples pruebas para determinar sus cualidades. Es preciso separar el grano de la paja. Toda la morralla, todos esos inútiles como tú, se convierten en soldados de segunda clase y nos deshacemos de ellos. Los mandamos a planetas remotos. Goku: Pues me gusta el sistema, porque de esa forma llegué a la Tierra. Os estoy muy agradecido. Muchas gracias. Y hazte a la idea de que trabajando duro un soldado de segunda clase puede vencer a uno de primera. Vegeta: (risa de Vegeta) Luego piensas que me puedes vencer. Pobre imbécil. Aunque entrenases durante siglos no lo conseguirías.
(Vegeta y Goku de Dragón Ball al conocerse)
Se inclina hacia delante, con el aliento oliéndole a whisky bebido directamente de la botella. Sin cerrar nunca del todo la boca. Sin abrir nunca los ojos más que a medias. Con su única mano sostiene una cuerda enrollada, de las de cáñamo de vaquero. De esas cuerda de los vaqueros, y me agita la cuerda delante de la cara mientras habla. Detrás de él, una puerta abierta deja ver unas escaleras que descienden a la oscuridad.
Es un joven de vientre plano, vestido con una camiseta blanca y botas de vaquero marrones de tacón grueso. El pelo rubio bajo el sombrero de vaquero de paja. Un cinturón con hebilla metálica grande le sostiene los vaqueros. Los brazos blancos y flacos, igual de morenos que las punteras estrechas de las botas de vaquero.
Con los ojos poblados de un bosque de venas rojas diminutas, me dice que agarre la cuerda bien fuerte y no la suelte. Y tirando de la cuerda, empieza a bajar, los tacones de sus botas de vaquero aporrean un escalón, luego el siguiente, otro golpe fuerte sobre madera en dirección al sótano oscuro. Allí, whisky, que huele igual que la bola de algodón de la consulta del médico, ese contacto frío del alcohol de friegas en el momento antes de una inyección.
Allí, bajando otro escalón hacia la oscuridad, el vaquero dice:
– La primera regla del Tour por el Túnel Encantado es que no se habla del Tour por el Túnel Encantado.
Y yo me detengo. La cuerda sigue siendo una sonrisa flácida y caída entre nosotros.
– La segunda regla del Tour por el Túnel Encantado – dice el vaquero, con su aliento a whisky – es que no se habla del Tour por el Túnel Encantado.
La cuerda, la sensación de fibras trenzadas, está fuertemente retorcida y la noto suave y grasienta en la mano. Y todavía sin moverme, tirando de la cuerda hacia atrás, le digo: Eh…
Desde la oscuridad, el vaquero dice:
– ¿Eh, qué?
Le digo que ese libro lo escribí yo.
La cuerda que hay entre nosotros se tensa más y más.
Y la cuerda detiene al vaquero. Desde la oscuridad, me dice:
– ¿Qué escribiste?
El club de la lucha, le digo.
Y entonces el vaquero sube un escalón. Su bota golpea el peldaño, más cerca. Se inclina el sombrero hacia atrás para ver mejor y lanza su mirada en mi dirección, parpadeando deprisa. Con su fuerte aliento a whisky con cerveza, lo bastante fuerte para disparar un alcoholímetro, me dice:
– ¿Había un libro?
Sí.
Antes de que hubiera la película…
Antes de que hicieran redadas en los clubes de la 4-H de Virginia por organizar clubes de la lucha…
Antes de que Donatella Versace cosiera cuchillas de afeitar a la ropa de hombre y lo llamara el «look club de la lucha». Antes de que los modelos de Gucci desfilaran por las pasarelas sin camisa, con los ojos morados, llenos de hematomas y ensangrentados y con vendas. Antes de que casas como Dolce y Gabanna lanzaran su nuevo look para hombres – camisas de satén estilo años setenta con fotografías estampadas, pantalones de camuflaje y pantalones de cuero de cintura baja – en sucios sótanos de cemento de Milán…
Antes de que los jóvenes empezaran a hacerse cicatrices de besos en las manos con lejía o con Superglue…
Antes de que jóvenes de todo el mundo emprendieran acciones legales para cambiarse el nombre por «Tyler Durden»…
Antes de que la banda Limp Bizkit pusiera un banner en su página web que decía: «El doctor Tyler Durden recomienda una saludable dosis de Limp Bizkit…».
Antes de que una compañía nacional de artículos de oficina empezara a usar diseños de paquetes que incluían una pegatina de remitente «típica»: para Tyler Durden de Paper Street…
Antes de las peleas a puñetazos en discotecas de Brasil, donde había noches en que los jóvenes se peleaban a muerte…
Antes de que el Weekly Standard anunciara «La Crisis de la Virilidad»…
Antes del libro de Susan Faludi Stiffed: The Betrayal of the American Man…
Antes de que los estudiantes de la Brigham Young University lucharan por su derecho a pegarse entre ellos los lunes por la noche, insistiendo que la ley mormona no prohibía en ningún lado su Club de la Lucha de Provo…
Antes de que el hijo del entonces gobernador de Utah, Mike Leavitt, fuera acusado de altercado y violación de propiedad privada por organizar un club de la lucha en una iglesia mormona…
Antes de que el periódico The Onion publicara su descubrimiento periodístico de la «Asociación de Tejedoras de Colchas», donde las ancianas se reunían en el sótano de una iglesia en busca de «acción costurera a nudillo limpio», y donde «la primera norma de la asociación de tejedoras de colchas es que no se habla de tejer colchas…».
Antes de que en Saturday Night Live emitieran el sketch «El Club de los que Luchan como Chicas»…
Antes de que me empezaran a llamar redactores jefe de periódicos y revistas, preguntándome dónde podían encontrar un club de la lucha típico cerca de donde estaban, para poder mandar a un reportero de incógnito que escribiera un artículo largo, asegurándome que no me echarían por tierra la naturaleza secreta de ninguna sección del club…
Antes de que me empezaran a llamar redactores jefe de periódicos y revistas, cagándose en mí y soltándome palabrotas porque yo insistía en que la idea misma de los clubes de la lucha no era más que un invento mío. Nada más que mi imaginación…
Antes de que en la tira cómica de la sección de política de un periódico nacional saliera «El Club de la Lucha del Congreso»…
Antes de que la Universidad de Pensilvania organizara un ciclo de conferencias donde una serie de académicos diseccionaban El club de la lucha a partir de referencias que iban desde Freud hasta la escultura en tela, pasando por la danza interpretativa…
Antes de que salieran tropecientas páginas web porno llamadas «El Club de la Lucha de Barro»…
Antes de que Rumble Boys empezara a etiquetar productos de belleza masculina, gel y espuma para el pelo con citas de Tyler Durden…
Antes de que uno pudiera caminar por un aeropuerto y oír anuncios falsos por megafonía llamando a «Tyler Durden… Por favor, que Tyler Durden coja el teléfono de asistencia blanco más cercano…».
Antes de que uno encontrara grafitis en Los Ángeles, pintadas a espray que afirmaban: «Tyler Durden vive»…
Antes de que en Texas empezara a haber gente que se ponía camisetas con la inscripción: «Salvad a Marla Singer»…
Antes de una multitud de adaptaciones teatrales ilegales de El club de la lucha…
Antes de que mi nevera se cubriera de fotografías que me mandaba gente desconocida, caras sonrientes y llenas de hematomas y gente peleando en rings de boxeo montados detrás de sus casas…
Antes del libro traducido a docenas de idiomas: Clube de combate y De Vechtclub y Borilacki Klub y Klub Golih Pesti y Kovos Klubas…
Antes de todo eso…
Había solo un relato. No fue más que un experimento para matar el rato durante una tarde de poco trabajo. En lugar de que un personaje fuera de escena en escena de una historia, tenía que haber alguna manera de simplemente… cortar, cortar, cortar. De saltar. De una escena a otra. Sin que el lector se perdiera. Mostrar todos los aspectos de una historia pero solo el meollo de cada una. El momento central. Y luego otro momento central. Y luego otro.
Tenía que haber alguna clase de coro. Algo anodino que no atrapara la atención del lector sino que funcionara para señalar un salto a un nuevo enfoque o aspecto de la historia. Una especie de tope anodino que fuera la piedra de toque o el mojón que el lector necesitaba para no sentirse perdido. Una especie de sorbete neutral, como algo que se sirve entre un plato y el siguiente en una cena elegante. Una señal, como esa música de transición en las emisiones de radio, que anunciaba el tema siguiente. El siguiente salto.
Una especie de pegamento o argamasa que mantuviera unido un mosaico de distintos momentos y detalles. Que les diera continuidad a todos y que aun así exhibiera cada momento por sí mismo evitando empotrarlo contra el siguiente.
Piensen en la película Ciudadano Kane, y en cómo los periodistas sin cara y sin nombre del noticiario crean el marco necesario para contar la historia a partir de un montón de fuentes distintas.
Eso es lo que yo quería hacer. Aquella tarde de aburrimiento en el trabajo.
Así que para aquel coro – aquel «mecanismo tradicional» – escribí ocho reglas. La idea misma de un club de la lucha no era importante. Pero las ocho reglas se tenían que aplicar a algo, así que ¿por qué no a un club donde le pudieras pedir a alguien que se peleara contigo? Igual que en una discoteca le pides a alguien que baile contigo. O igual que desafías a alguien a una partida de billar o de dardos. Las peleas no eran lo importante de la historia. Lo que me hacía falta eran las reglas. Esos mojones anodinos que me permitirían describir el club desde el pasado y el presente, de cerca o de lejos, el inicio y la evolución, embutir juntos un montón de detalles y momentos, todo en el curso de siete páginas y SIN que el lector se perdiera.
Por entonces yo llevaba un tiempo con un ojo morado, souvenir de una pelea a puñetazos durante las vacaciones de verano. Ninguno de mis compañeros de trabajo me había preguntado nunca por ello, así que supuse que uno podía hacer cualquier cosa en su vida privada con tal de que te dejara tantos moretones que nadie quisiera conocer los detalles.
También por entonces yo había visto un programa de televisión de Bill Moyers que contaba que las bandas callejeras no eran más que jóvenes que se criaban sin padres, y que simplemente intentaban ayudarse entre ellos a hacerse hombres. Promulgaban órdenes y desafíos. Imponían reglas y disciplina. Recompensaban la acción. Las mismas cosas que hacen los entrenadores y los sargentos.
También por entonces las librerías estaban llenas de libros como El club de la buena estrella y Clan ya-yá y Coser y cantar. Eran todas novelas que presentaban un modelo social para que las mujeres se reunieran. Para que se sentaran juntas y contaran sus historias. Para que compartieran sus vidas. Sin embargo, no había ninguna novela que presentara un nuevo modelo social para que los hombres compartieran sus vidas.
Una novela así tendría que otorgarles a los hombres la estructura y los roles y las normas de un juego – o una tarea –, pero nada demasiado sensiblero. Tendría que presentar el modelo de una forma nueva de reunirse y estar juntos. Podría haber sido el «club de construir graneros» o el «club de golf» y probablemente habría vendido muchos más libros. Algo que no resultara amenazador.
Pero aquella tarde de poco trabajo escribí un relato de siete páginas titulado «El club de la lucha». Fue el primer relato que vendí en mi vida. Una antología titulada The Pursuit of Happiness, publicada por Blue Heron Press, me la compró por cincuenta pavos. En la primera edición, los editores, Dennis y Linni Stovall, publicaron todos los ejemplares con el título equivocado en el lomo, y el coste de reimprimirlos llevó su pequeña editorial a la bancarrota. En la actualidad han vendido todos los ejemplares. Los que salieron bien impresos y los que salieron mal. Sobre todo los compró gente que buscaba aquel relato original que después se convertiría en el capítulo 6 del libro El club de la lucha.
Solo tenía siete páginas porque mi profesor de escritura, Tom Spanbabuer, había dicho en broma que siete páginas era la longitud perfecta para un relato.
Para convertir el relato en libro, añadí todas las historias que mis amigos me podían contar. Cada fiesta a la que asistía me daba más material. Como la historia en que Mike mete trocitos de porno en películas para niños. Como la historia en la que Geoff se mea en la sopa mientras hace de camarero de banquetes. Una vez un amigo mío me dijo que le preocupaba el que aquellas historias pudieran provocar que salieran imitadores, pero yo le insistí en que no éramos más que don nadies de clase obrera que vivíamos en Oregón y habíamos ido a la escuela pública. No se nos podía ocurrir nada que no estuviera haciendo ya un millón de personas
Años más tarde, en Londres, un joven me llevó aparte antes de un acto literario. Trabajaba de camarero en un restaurante de cuatro estrellas – uno de los dos únicos restaurantes de cuatro estrellas de la ciudad –, y le había encantado que yo contara cómo el camarero ensuciaba la comida. Mucho antes de leer mi libro, él y los demás empleados ya enguarraban la comida que les servían a los famosos.
Cuando le pedí que me dijera el nombre de uno de esos famosos, él negó con la cabeza. No, no podía correr el riesgo de decírmelo.
Cuando me negué a firmarle el libro, él me hizo un gesto para que me acercara y me susurró:
– Margaret Thatcher ha comido mi semen.
Levantó una mano con los dedos extendidos y dijo:
– Por lo menos cinco veces…
En el taller donde empecé a escribir narrativa, tenías que leer tu trabajo en público. La mayor parte de las veces, lo leías en un bar o en una cafetería donde competías con el estruendo de la máquina de café. O con el partido de fútbol americano que estaban dando por televisión. Música y gente borracha que hablaba. Con todo aquel ruido y tantas distracciones, solo se llegaba a oír los relatos más escandalosos y físicos, los más oscuros y divertidos. Nuestro público de pruebas nunca habría aguantado «El club de construir graneros».
En realidad, lo que yo estaba escribiendo no era más que El gran Gatsby un poco actualizado. Era narrativa «apostólica», donde un apóstol que sobrevive cuenta la historia de su héroe. Hay dos hombres y una mujer. Y a uno de los hombres, al héroe, lo matan de un tiro.
Era una narración romántica clásica y antigua pero actualizada para competir con la máquina de café y el canal de los deportes.
Tardé tres meses en escribir aquel primer borrador, y el libro se vendió a W. W. Norton al cabo de tres días. Por un adelanto tan pequeño que nunca se lo dije a nadie. Ni a un alma. Fueron seis mil dólares. Ahora otros autores me cuentan que a eso se le llama un «precio de adiós muy buenas». Es un adelanto tan bajo que se supone que el autor se tiene que sentir insultado y largarse. Eso permite al editor quitarse el muerto de encima sin ofender a ningún subordinado suyo que quisiera adquirir el libro.
Aún así, eran seis mil dólares. Con aquello pagaría el alquiler durante un año. Así que los cogí. Y en agosto de 1996 salió un libro en tapa dura. Y hubo una gira de tres ciudades – Seattle, Portland y San Francisco –, donde no se presentaron más de tres personas en ninguna lectura. Las ventas del libro no cubrieron ni siquiera lo que me bebí en los minibares de los hoteles.
Una reseñista dijo que el libro era ciencia ficción. Otro, que era una sátira del movimiento de liberación masculina del Iron John. Otro, que era una sátira de la cultura del hombre de negocios. Algunos dijeron que era un libro de terror. Nadie dijo que fuera una historia romántica.
En Berkeley, un entrevistador de la radio me preguntó: «Después de escribir este libro, ¿qué nos puede decir sobre el estatus de la mujer americana en el mundo de hoy en día?».
En Los Ángeles, un profesor universitario dijo en la Nacional Public Radio que el libro era un fracaso porque no abordaba la cuestión del racismo.
En un avión de regreso a Portland, un azafato de la línea aérea se me acercó y me pidió que le dijera la verdad. Su teoría era que el libro en realidad no trataba de luchas para nada. Insistió en que en realidad trataba de los gays que miran cómo unos follan con otros en las saunas públicas.
Yo le dije que sí, que por qué no. Y él me dio copas gratis durante el resto del vuelo.
Otros reseñistas se lo cargaron. Oh, dijeron que era «demasiado oscuro». Demasiado violento. Demasiado estridente y chillón y dogmático. Les habría encantado «El club de construir graneros».
Pese a todo, ganó el premio Pacific Northwest Booksellers de 1997, y el Oregon Book de 1997 a la mejor novela. Un año más tarde, en el bar literario KGB del sur de Manhatan, se me presentó una mujer. Era la presidenta del jurado del premio de Oregón, y me dijo que había tenido que luchar con uñas y dientes para convencer a los demás miembros. Que Dios la bendiga.
Un año más tarde, en el mismo bar se me presentó otra mujer que me dijo que iba a diseñar el pingüino animado por ordenador para la película de El club de la lucha.
Luego llegaron Brad Pitt y Edward Norton y Helena Boham Carter.
Desde entonces me han escritos miles de personas, la mayoría para darme las gracias. Por escribir algo que hizo que su hijo empezara a leer otra vez. O su marido. O sus alumnos. Otros me escribieron un poco enfadados, diciendo que la idea de los clubes de la lucha la habían inventado ellos. En campos de instrucción militar. O en campos de trabajo de la época de la Depresión. Se habían emborrachado y se habían pedido los unos a los otros: Pégame. Tan fuerte como puedas…
Siempre ha habido clubes de la lucha, dicen. Y siempre habrá clubes de la lucha.
Los camareros siempre se mearán en la sopa. La gente siempre se enamorará.
Ahora, siete libros más tarde, todavía hay hombres que me preguntan dónde pueden encontrar un club de la lucha cerca de su casa.
Y sigue habiendo mujeres que me preguntan si hay algún club donde puedan pelear entre ellas.
Pero esta es la primera regla del club de la lucha: «No hay nada que se le pueda ocurrir a un don nadie de clase obrera de Oregón que ha ido a la escuela pública que no haya echo ya un millón de billones de personas…».
En las montañas de Bolivia, un sitio donde el libro no se ha publicado todavía, a miles de millas del vaquero borracho y de su Tour por el Túnel Encantado, todos los años la gente más pobre se reúne en las aldeas de montaña de los Andes para celebrar el festival del «Tinku».
Allí los campesinos se parten la cara a ostias. Borrachos y ensangrentados, se lían a puñetazo limpio, mientras cantan: «Somos hombres. Somos hombres. Somos hombres…».
Los hombres se pelean con los hombres. A veces, las mujeres se pelean entre ellas. Se pelean igual que llevan siglos haciéndolo. En su mundo, con pocos ingresos o riquezas, pocas posesiones y ninguna educación ni oportunidades, es un ritual que esperan con ansía todo el año.
Luego, cuando están agotados, los hombres y las mujeres se van a la iglesia.
Se casan.
Estar cansado no es lo mismo que ser rico, pero la mayoría de las veces es lo más parecido que hay.
Había una vez un libro de Chuck Palahniuk (éste es el prologo de su famoso libro El club de la lucha).
Sentado a la mesa, durante el desayuno, Tyler me dijo:
- Parecías un maníaco, un psicópata. ¿Donde tenías la cabeza?
[…]
Tyler me preguntó contra qué luchaba en realidad.
Tyler hablaba de ser la escoria del mundo, los esclavos de la historia, así me sentía. Quería destruir todas las cosas hermosas que nunca tendría. Incendiar las selvas tropicales del Amazonas. Provocar emisiones de clorofluorocarbonos que destruyan el ozono. Abre las válvulas de los contenedores de superpetroleros y vierte directamente al océano el crudo de los pozos petrolíferos. Quería matar todos los peces que no podía permitirme comer, y empantanar las playas francesas que nunca llegaría a ver.
Deseaba que el mundo entero tocara fondo.
Mientras machacaba a aquel chico, lo que en realidad quería era meterle una bala entre ceja y ceja a todos los osos panda en peligro de extinción que no se decidían a follar para salvar su especie, y a las ballenas y delfines que se dejaban morir embarrancando en las playas.
No pienses en términos de extinción. Considéralo una reducción de plantilla.
Durante miles de años el hombre había jodido el planeta; lo había llenado de basura y mierda, y ahora la historia esperaba de mí que limpiara lo que habían dejado los demás. Es mi deber enjuagar las latas de sopa y reciclarlas. Y dar cuenta de todas y cada una de las gotas de aceite del coche.
También tengo que pagar la factura de los residuos nucleares y los tanques de gasolina enterrados y las tierras llenas de residuos tóxicos acumulados por la generación que me precedió.
Retuve el rostro de Cara de Ángel en el pliegue del codo, como un bebé o un balón de rugby, y le golpeé con los nudillos; le golpeé hasta que los dientes se le rompieron bajo los labios. Después le golpeé con el codo hasta que cayó al suelo como un fardo. Hasta que le perforé la piel de los pómulos y se la dejé amoratada.
Deseaba respirar humo.
Los pájaros y los ciervos son un lujo estúpido; todos los peces deberían flotar muertos.
Deseaba incendiar el Louvre; volver a esculpir las esculturas de Fidias del Partenón con una almádena y limpiarme el culo con la Mona Lisa. Así es mi mundo hoy día.
Mi mundo, el mío, y todos los antepasados están muertos.
El club de la lucha, Chuck Palahniuk.
- ¿Has visto Bull? Una estrella fugaz.
- Ésa no es una estrella como las demás, sino una lágrima del gran guerrero.
- ¿Qué significa eso?
- En algún lugar de este planeta un hombre ha terminado su batalla. Un alma en pena condenada a vagar lejos de las praderas del espíritu que da la vida.
(Cowboy Bebop - Júpiter Jazz)