NADA MÁS QUE LA VERDAD
Un poema sobre la Hermana Justiciera
“Un hombre puso una demanda por valor de un millón de pavos – dice la Hermana Justiciera – porque alguien le había mirado mal.”
Era el primer día que ella hacía de jurado.
La Hermana Justiciera en el escenario, cubriéndose con un libro la pechera de su blusa.
Su blusa amarilla de volantes y con bordes de encaje.
El libro encuadernado en cuero negro con el título estampado en pan de oro sobre la portada: Santa Biblia.
En su cara, unas gafas de montura negra.
Sus únicas joyas, una pulsera de recordatorios plateados tintineantes y trémulos,
su peinado teñido del mismo tono negro intenso que el betún de sus zapatos. Que su Biblia.
En el escenario, en vez de un foco, un fragmento de película:
en los cristales de sus gafas resplandecen imágenes reflejadas de sillas eléctricas y
de cadalsos. Imágenes borrosas de noticiarios que muestran
a prisioneros sentenciados a la cámara de gas
o a ser fusilados.
Allí donde ella debería tener ojos
no hay ojos.
Aquel primer día como jurado, en el siguiente juicio, un hombre tropezó con un bordillo y demandó
al coche de lujo sobre el que había caído.
Pidiendo un premio de cincuenta mil pavos por ser un patoso así de estúpido.
“Toda esta gente que no tiene sentido de la coordinación física”, dice la Hermana Justiciera.
Todos tienen un enorme talento para echar la culpa.
Otro hombre quería cobrarle cien de los grandes a un tipo que se había dejado extendida en su jardín
una manguera que le hizo tropezar y romperse el tobillo,
mientras escapaba de la policía por otro caso completamente distinto
de violación.
El violador lisiado quería una fortuna por su dolor y su sufrimiento.
Allí arriba, en el escenario, con las medallitas de plata brillando junto al encaje del puño de su camisa,
agarrando la Biblia con los dedos de las dos manos,
con las uñas pintadas del mismo color amarillo que los volantes,
la Hermana Justiciera dice que ella paga sus impuestos con puntualidad.
Que nunca cruza la calzada sin mirar. Que recicla el plástico. Que va a trabajar en autobús.
“Y después de aquello – dice la Hermana Justiciera sobre su primer día como jurado –, le dije al juez…”
Alguna versión estilo pulsera de medallitas de:
“A la mierda con este rollo”,
Y el juez la detuvo a ella por desacato.
Fantasmas, Chuck Palahniuk.