Beverly Rogan recibe una paliza.
Cuando sonó el teléfono, Tom estaba casi dormido. Se inclinó para incorporarse y entonces sintió uno de los pechos de Beverly contra su hombro, al estirarse ella para atender. Se dejó caer de nuevo en la almohada preguntándose, adormilado, quién podía llamar a esa hora de la noche a su número privado, que no figuraba en el listín. Oyó que Beverly decía “Hola” y volvió a quedarse dormido. Había acabado prácticamente con docena y media de cervezas mientras miraba el partido de béisbol. Estaba hecho polvo.
En ese momento, la aguda voz de Beverly (¿Qué?) le perforó el oído como un punzón de hielo. Abrió otra vez los ojos. Cuando trató de incorporarse, el cable del teléfono se le hundió en el gordo cuello.
– Quítame esta porquería, Beverly - dijo.
Ella se apresuró a levantarse y rodeó la cama sosteniendo el cable en alto. Su cabello pelirrojo flotaba sobre el camisón en ondas naturales casi hasta la cintura. Pelo de prostituta. Sus ojos no buscaron, balbuceantes, la cara de Tom para averiguar cuál era su estado emocional y a Tom Rogan eso no le gustó. Se incorporó. Comenzaba a dolerle la cabeza. Mierda. Probablemente le había estado doliendo antes, pero mientras uno duerme no se da cuenta.
Entró en el baño, orinó durante tres horas, según le pareció y luego decidió, puesto que estaba levantado, tomar otra cerveza para tratar de anular la inminente resaca.
Al cruzar el dormitorio rumbo a la escalera con los calzoncillos blancos que flameaban como velas bajo su considerable tripa (parecía más un estibador que el gerente general de Beverly Fashions, S.A.), miró por encima del hombro y gritó, fastidiado:
–Si es esa marimacho de Lesley, dile que se busque alguna modelo que devorar y que nos deje dormir.
Beverly levantó la vista, sacudió la cabeza para indicar que no se trataba de Lesley y volvió a mirar el teléfono. Tom sintió que los músculos del cuello se le tensaban. Era como si ella no quisiese tener nada que ver. La señora. La muy puta de señora. La cosa empezaba a pintar mal. Probablemente Beverly necesitaba una clase de repaso sobre quién mandaba allí. A veces le hacía falta. Era lenta en aprender.
Bajó la escalera y caminó por el pasillo hasta la cocina. Abrió la nevera. Su mano no encontró nada más alcohólico que un envase de plástico azul con un sobrante de fideos a la Romanoff. Toda la cerveza había desaparecido, incluyendo la que guardaba bien atrás, como el billete de veinte dólares que guardaba plegado tras su carnet de conducir, para casos de emergencia. El partido había durado horas y todo para nada. Los White Sox habían perdido. Ese año no eran más que un puñado de culos fofos.
Su mirada se desvió hacia las botellas de bebida fuerte, tras el vidrio del estante superior del bar y por un momento se imaginó sirviéndose una buena medida de whisky. Pero volvió hacia la escalera decidido a no darle más problemas a su cabeza. Echó un vistazo al antiguo reloj de péndulo, al pie de la escalera, y vio que ya pasaba de la medianoche. Eso no le mejoró el humor, que, en el mejor de los casos, nunca era muy bueno.
Subió la escalera con lentitud, consciente, demasiado consciente, del modo en que estaba funcionando su corazón. Ka-bom, ka-dad. Ka-bom, ka-dad. Kabom, ka-dad. Lo ponía nervioso que el corazón le latiera en los oídos y en las muñecas, no sólo en el pecho. A veces, cuando sucedía eso, lo imaginaba no como un órgano que se contraía y se expendía, sino como un gran dial en el costado izquierdo de su pecho, con la aguja peligrosamente inclinada hacia la zona roja. Eso no le gustó; no le hacía falta esa clase de mierda. Lo que le hacía falta era dormir bien toda la noche.
Pero la estúpida con quien se había casado aún estaba hablando por teléfono.
–Comprendo, Mike… Sí… yo sí… Lo sé, pero…
Una pausa.
–¿Bill Denbrough? -exclamó ella y el punzón de hielo volvió a clavarse en el oído de Tom.
Aguardó ante la puerta del dormitorio hasta recuperar el aliento. Su corazón volvía a latir ka-dad, kadud, ka-dad. El tronar había pasado. Imaginó brevemente que la aguja se apartaba del rojo y descartó la imagen a fuerza de voluntad. Era un hombre, por el amor de Dios, y muy hombre, no una caldera con el termostato en mal estado. Estaba en forma. Era de hierro. Y si ella necesitaba aprenderlo otra vez, se lo enseñaría.
Iba a entrar, pero lo pensó mejor y permaneció donde estaba, escuchándola. No le importaba con quién estaba hablando ni qué decía, sólo escuchaba los tonos ascendentes y descendentes de su voz. Y lo que sentía era aquella vieja y sorda rabia familiar.
Había conocido a Beverly en un bar para solteros, en Chicago, cuatro años antes. La conversación se entabló con facilidad porque ambos trabajaban en el edificio de Standard Brands y conocían a varias personas en común. Tom trabajaba para King and Landry, Relaciones Públicas, en el piso 42. Beverly Marsh (su nombre de soltera) era asistente de diseños en Delia Fashions, en el ab. Delia, quien más tarde disfrutaría de un modesto renombre en el Medio Oeste, se ocupaba de la gente joven. Sus faldas, sus blusas, chales y pantalones sueltos se vendían principalmente en esos locales que Delia Castleman denominaba “tiendas para jóvenes” y Tom, “vanguardistas”. Casi de inmediato, Tom Rogan detectó dos cosas en Beverly Marsh: era muy deseable y muy vulnerable. En menos de un mes sabía una tercera: que era inteligente, muy inteligente. En sus diseños de blusas y faldas de deportes vio una máquina de hacer dinero de posibilidades casi aterrorizantes.
“Pero no para los negocios vanguardistas -pensó, aunque no lo dijo (al menos por entonces). Basta de mala iluminación, de precios bajos, de exhibiciones de mierda en las trastiendas, entre las porquerías para doparse y las camisetas de grupos de rock. Esa mierda es para los principiantes.”
Se enteró de muchas cosas con respecto a ella, aun antes de que Beverly supiera que le interesaba de verdad; así era como él lo deseaba. Se había pasado toda la vida buscando a una mujer como Beverly Marsh y avanzó con la celeridad de un león que se lanza contra un antílope. No era que su vulnerabilidad estuviera a la vista. Al mirar, uno veía a una mujer bonita y delgada, pero bien provista. Tal vez no tenía muy buenas caderas, pero sí un culo estupendo. Y las mejores tetas que Tom había visto en su vida. A Tom le gustaban las tetas, siempre le habían gustado. Y las mujeres altas casi siempre lo desilusionaban en ese punto. Se ponían blusas finas y los pezones enloquecían a cualquiera, pero cuando uno les sacaba esas blusas finas descubría que, aparte de pezones, no había nada más. Las tetas, en sí, parecían pomos de cajón de escritorio. “Basta con lo que entra en la mano; lo demás es un desperdicio”, decía su compañero de habitación en la universidad. Por lo que a Tom concernía ese hombre tenía la cabeza tan llena de mierda que rezumaba al girar.
Oh, ella era una preciosidad, claro que sí, con ese cuerpo de dinamita y esa gloriosa cascada de pelo rojo y ondeado. Pero era débil. Parecía emitir señales de radio que sólo él podía recibir. Uno se daba cuenta por ciertas cosas: por lo mucho que fumaba (pero él la tenía casi curada de eso); por el modo inquieto de mover los ojos, sin mirar nunca de frente a la persona con quien hablaba, dirigiéndole la vista sólo de vez en cuando, para apartarla de inmediato; por su costumbre de frotarse suavemente los codos cuando se ponía nerviosa; por sus uñas, que mantenía pulcras pero excesivamente cortas. Tom reparó en eso la primera vez que la vio. En cuanto ella levantó la copa de vino blanco, él le vio las uñas y pensó: “Las mantiene así de cortas porque se las come.”
Tal vez los leones no piensan, al menos no como la gente… pero ven. Y cuando los antílopes huyen de un abrevadero, alertados por el olor de la muerte próxima, los felinos observan cuál de ellos se queda en la retaguardia, quizá a causa de una pata coja, quizá porque es naturalmente más lerdo… o porque tiene menos desarrollado el sentido del peligro. Y hasta es posible que algunos antílopes (y algunas mujeres) deseen que los derriben.
De pronto oyó un ruido que lo arrancó bruscamente de esos recuerdos: el chasquido de un encendedor.
La furia sorda volvió. Su estómago se llenó de un calor no del todo desagradable. Fumaba. Ella fumaba. Tom Rogan le había dictado un curso especial sobre el tema. Y allí estaba ella, haciéndolo otra vez. Era lenta para aprender, sí, pero el buen maestro da lo mejor de sí con los alumnos lentos.
–Sí - dijo ella en ese momento -. Está bien. Sí… Escuchó, luego emitió una risa extraña, entrecortada, que Tom nunca le había oído.
–Dos cosas, ya que preguntas: resérvame alojamiento y reza por mí. Sí, está bien… Ya… yo también. Buenas noches.
Estaba colgando el auricular cuando él entró. Su intención había sido entrar con violencia, gritándole que apagara de inmediato el cigarrillo, ¡Ahora Mismo!, pero las palabras se le ahogaron en la garganta al verla. La había visto así en otras ocasiones, pero sólo dos o tres veces. Una vez, antes de la primera exhibición importante; otra, antes del primer desfile privado para compradores nacionales y, por último, al viajar a Nueva York para recibir el Premio Internacional del Diseño. Se paseaba por el cuarto a grandes pasos, con el camisón de encaje blanco modelándole el cuerpo y el cigarrillo sujeto entre los labios (por Dios, cómo detestaba verla con una colilla en la boca), despidiendo humo sobre el hombro izquierdo.
Pero fue la cara lo que lo detuvo, lo que le hizo morir el grito en la garganta. El corazón le dio un vuelco, ¡Bamp! Hizo una mueca de dolor, diciéndose que eso no era miedo sino sólo asombro de verla así.
Beverly sólo estaba completamente viva cuando el ritmo de su trabajo llegaba a un punto culminante. Cada una de las ocasiones que acababa de recordar se había relacionado, por supuesto, con su profesión. En esas ocasiones, Tom había visto a una mujer distinta de la que conocía tan bien. La mujer que aparecía en momentos de tensión era fuerte, pero cargada de nerviosismo; temeraria, pero imprevisible.
En ese momento había mucho color en sus mejillas, un rubor natural en los pómulos. En los ojos, bien abiertos y chispeantes, no quedaban señales de sueño. Su cabellera fluía y flotaba. Y ¡oh, miren eso, amigos y vecinos! ¡Oh, miren bien! ¿Acaso está sacando una maleta del armario? ¿Una maleta? ¡Por Dios, sí!
“Resérvame alojamiento… Reza por mí.”
Bueno, no le haría falta ningún alojamiento, ningún hotel en el futuro, porque la pequeña Beverly Rogan se quedaría muy quietecita en casa, y comería de pie durante tres o cuatro días.
Eso sí, buena falta le haría una oración o dos antes de que él terminara de arreglar cuentas.
Beverly arrojó la maleta a los pies de la cama y fue hacia su cómoda. Abrió el cajón superior y sacó dos pares de vaqueros y dos jerseis de lana gorda. Arrojó todo a la maleta. Otra vez a la cómoda, con el humo del cigarrillo dejando una estela por encima del hombro. Tomó un par de sus viejas blusas marineras con las que parecía una estúpida, pero que se negaba a dejar. Sin duda quien la había llamado no era de la jet set. Esa ropa era deslucida, como las que usaba Jackie Kennedy cuando pasaba el fin de semana en Hyannisport.
Pero a él no le interesaba quién la hubiera llamado ni dónde pensaba ir, porque ella no iba a ir a ninguna parte. No era eso lo que le taladraba la cabeza, torpe y dolorida por el exceso de cerveza y la falta de sueño.
Era el cigarrillo.
Se suponía que ella se había deshecho de todos los paquetes. Pero en ese momento exhibía la prueba de que no era así. Y como aún no había visto a Tom de pie en el umbral de la puerta, él se permitió el placer de recordar las dos noches en que se había asegurado el completo dominio de esa mujer.
–No quiero verte fumar nunca más - le había dicho cuando volvían a casa desde una fiesta en Lake Forest. Había sido en octubre, en otoño -. En las fiestas y en la oficina no tengo más remedio que aguantarme esa mierda, pero cuando estoy contigo no tengo por qué tragármela. ¿Sabes qué sensación me da? Te lo voy a decir: es como tener que comerse los mocos de otro.
Esperaba que eso provocara alguna leve chispa de protesta, pero ella se había limitado a mirarlo, tímida, ansiosa de agradar. Su voz sonó grave, mansa, obediente:
–Está bien, Tom.
–Tira eso, entonces.
Ella lo hizo. Tom estuvo de buen humor durante el resto de la noche.
Pocas semanas después, al salir de un cine, ella encendió un cigarrillo y le dio una calada mientras caminaban hacia el aparcamiento. Era una helada noche de noviembre, el viento castigaba cada centímetro de piel descubierta que lograba hallar. Tom recordó que había percibido el olor del lago, como sucede a veces en las noches frías, un olor chato, como a pescado y a vacío al mismo tiempo. La dejó fumar. Hasta le abrió la portezuela para que subiese al coche. Después se sentó al volante y dijo:
–¿Bev?
Ella se quitó el cigarrillo de la boca y giró hacia él. Tom le descargó la mano abierta, dura, contra su mejilla con fuerza suficiente como para que le cosquilleara la mano, con fuerza suficiente como para que a ella se le estrellara la cabeza contra el respaldo. Sus ojos se ensancharon de sorpresa y dolor… y algo más. Se llevó la mano a la mejilla para palparse el calor, el entumecimiento cosquilleante. Y gritó:
–¡Aaaaay! ¡Tom!
Él la miró con los ojos entornados, una sonrisa indiferente, dispuesto a ver qué pasaría, cómo reaccionaría ella. La polla se le estaba endureciendo en los pantalones, pero apenas se dio cuenta. Eso quedaba para después. De momento estaban en clase. Repasó lo que acababa de ocurrir. La cara de Bev. ¿Qué había sido esa tercera expresión, desaparecida al cabo de un instante? Primero, la sorpresa. Después, el dolor. Por último, la apariencia de un recuerdo… de algún recuerdo. Había estado allí sólo por un momento. Probablemente ella ni siquiera había notado su presencia en su cara y su mente.
A ver ahora. Estaría en lo primero que ella no dijera. Tom lo sabía.
No fue: ¡Hijo de puta!
No fue: Adiós, Mr. Macho .
No fue: Hemos terminado, Tom.
Ella se limitó a mirarlo con aquellos ojos de avellana, heridos, desbordantes, y dijo:
–¿Por qué has hecho eso? - Después trató de decir algo más, pero rompió a llorar.
–Tira eso.
–¿Qué? ¿Qué, Tom?
El maquillaje le corría por la cara en rastros lodosos. A él no le molestó. Casi le gustaba verla así. Era una piltrafa, pero también tenía algo de sensual. Algo dé arrastrada. Medio lo excitaba.
–El cigarrillo. Tíralo.
El amanecer de la conciencia. Y con ella, la culpa.
–¡Lo olvidé! - exclamó ella -. ¡Eso es todo!
–Tíralo, Bev, o te ganarás otra.
Beverly bajó el cristal y arrojó el cigarrillo. Luego se volvió hacia él, pálida, asustada, pero también serena.
–No puedes… no deberías pegarme. Es una mala base para una… una… relación duradera.
Estaba tratando de hallar un tono, una cadencia adulta para hablar, pero fracasaba. Él le había provocado una regresión. Estaba en ese coche con una criatura. Voluptuosa y sensual como un demonio, pero una criatura.
–No poder y no deber son dos cosas distintas, chiquilla - dijo Tom, manteniendo la serenidad, aunque por dentro se estremecía -. Y seré yo quien decida qué constituye una relación duradera y qué no. Si lo aguantas, bien; si no, puedes largarte. No voy a detenerte. Podría darte una patada en el culo como regalo de despedida, pero no te detendría. ¿Qué más quieres que te diga?
–Tal vez ya hayas dicho bastante - susurró ella.
Y él volvió a pegarle, más fuerte que la primera vez, porque ninguna mujer podía faltarle a Tom Rogan. Hubiera golpeado a la reina de Inglaterra, si le hubiese faltado.
La mejilla de Beverly chocó contra el tablero acolchado. Su mano buscó el picaporte de la portezuela, pero cayó. Se agazapó en el rincón, como un conejo, con una mano sobre la boca, los ojos grandes, húmedos, asustados. Tom la miró por un momento; después se bajó y rodeó el coche por atrás. Le abrió la portezuela. Su aliento despedía vapor en el negro y ventoso aire de noviembre; el olor del lago llegaba con toda claridad.
–¿Quieres salir, Bev? Te vi buscar el picaporte, así que has de querer salir. Bueno, está bien. Te pedí que hicieras algo y dijiste que lo harías. Después no lo hiciste. ¿Quieres salir? Anda, baja. Mierda, baja. ¿Quieres bajar de una puta vez?
–No - susurró ella.
–¿Cómo? No te he oído.
–No quiero bajar - dijo Beverly en voz algo más alta.
–¿Qué pasa? ¿Esos cigarrillos te provocan afonía? Si no puedes hablar, te conseguiré un megáfono, mierda. Es tu última oportunidad, Beverly. Habla para que te oiga: ¿quieres bajar de este coche o quieres volver conmigo?
–Quiero volver contigo - contestó ella apretándose las manos sobre el regazo como una chiquilla. No lo miraba. Las lágrimas le corrían por las mejillas.
–Está bien. Pero primero repite esto conmigo, Bev. Repite: “Olvidé no fumar delante de ti, Tom.”
Ella levantó los ojos, la mirada herida, suplicante. “Puedes obligarme a decir esto - rogaban sus ojos -, pero no lo hagas, por favor. No lo hagas. Te amo. ¿No, podemos dejarlo así?”
No, no se podía. Porque eso no era, en el fondo, lo que ella deseaba, y ambos lo sabían.
–Dilo.
–Olvidé no fumar delante de ti, Tom.
–Bien. Ahora di: “Perdón.”
–Perdón - repitió ella, inexpresiva.
El cigarrillo quedó humeando en el pavimento como un trozo de mecha encendida. Los que salían del teatro les echaban una mirada; un hombre de pie junto a la portezuela abierta de un viejo Vega, una mujer sentada dentro con las manos apretadas en el regazo, la cabeza gacha, las luces recortando la catarata suave de su pelo con un borde dorado.
Tom aplastó el cigarrillo. Lo convirtió en una mancha contra el pavimento.
–Ahora di: “No volveré a fumar sin tu permiso.”
–No volveré…
La voz de Beverly comenzó a atascarse.
–… no… n-n-n…
–Dilo, Bev.
–No volveré a f-fumar. Sin tu ppermiso.
Entonces él cerró la portezuela de un golpe y volvió al volante para llevarla a su apartamento del centro. Ninguno de los dos dijo palabra. La mitad de la relación había quedado establecida en el aparcamiento; la otra mitad se estableció cuarenta minutos después, en la cama de Tom.
Ella no quería hacer el amor, según dijo. Él vio una verdad diferente en sus ojos y en la humedad entre sus piernas. Cuando él le quitó la blusa, sus pezones estaban duros. Ella gimió al primer roce y lanzó una suave exclamación cuando él chupó, uno primero, el otro después, acariciándolos. Beverly le tomó la mano y se la llevó entre las piernas.
–Dijiste que no querías - le recordó Tom.
Y ella apartó la cara… pero no le soltó la mano; por el contrario, el balanceo de sus caderas se aceleró.
Él la volvió de espaldas en la cama. En vez de desgarrarle la ropa interior, se la quitó con un cuidado casi gazmoño.
Deslizarse en su interior fue como deslizarse en un aceite exquisito.
Se movió con ella, usándola, pero dejando también que ella lo usara. Beverly tuvo el primer orgasmo casi de inmediato, con un grito, clavándole las uñas en la espalda. Después se mecieron juntos en golpes largos, lentos y en algún momento a él le pareció que había otro orgasmo. Tom llegaba al borde y pensaba en el último partido de béisbol o en quién estaba tratando de quitarle la cuenta de Chesley en el trabajo, para abstraerse. Por fin empezó a acelerar hasta que su ritmo se disolvió en un concorveo excitado. Le miró la cara: los círculos de rímel, como los de un mapache, el lápiz de labios corrido. Y se sintió súbitamente disparado hacia el abismo, delirante.
Ella sacudió las caderas hacia arriba, más y más; en aquellos tiempos la cerveza no había puesto panza entre ellos y los vientres aplaudieron en ritmo cada vez más veloz.
Cerca del final, ella gritó y le mordió el hombro.
–¿Cuántas veces te corriste? - le preguntó él, después de que ambos se ducharon.
Beverly apartó la cara. Cuando habló, lo hizo con voz casi inaudible:
–Se supone que no debes preguntar eso.
–¿Ah, no? ¿Quién te lo dijo?
Le tomó la cara con una mano, con el pulgar hundido en una mejilla y los otros dedos en la otra, la palma abarcando el mentón.
–Confiésate con Tom – dijo -. ¿Me oyes, Bev? Cuéntale a papá.
–Tres - reconoció ella.
–Bien - dijo él -. Puedes fumar un cigarrillo.
Beverly lo miró con desconfianza, desparramado el pelo rojo sobre las almohadas, cubierta sólo con las bragas. Con sólo verla así, el motor volvía a funcionar. Hizo una señal de asentimiento.
–Anda – insistió -. Está bien.
Tres meses después se casaron en el juzgado. Asistieron dos amigos de Tom; por parte de Beverly, la única amiga presente fue Kay Mccall, a quien Tom llamaba “esa zorra feminista”.
Todos esos recuerdos pasaron por la mente de Tom en pocos segundos, como un fragmento cinematográfico acelerado, mientras la observaba desde el marco de la puerta. Ella había abierto el cajón del fondo, el que a veces llamaba “cajón de fin de semana”, y estaba arrojando prendas interiores dentro de la maleta. No eran las cosas que a él le gustaban, esos satenes deslizantes, esas sedas suaves. Eran prendas de algodón, cosas de chiquilla casi todas desteñidas y con nudos de goma reventada en la cintura. Un camisón de algodón que parecía salido de La familia Ingalls. Hundió la mano en el fondo de ese último cajón para ver qué otra cosa había allí.
Mientras tanto, Tom Rogan caminó por la alfombra hacia el armario. Estaba descalzo, su marcha fue tan silenciosa como un golpe de brisa. Era el cigarrillo. Eso lo había vuelto loco. Hacía mucho tiempo que ella no olvidaba aquella primera lección. Había tenido que enseñarle otras desde entonces, muchas otras. Hubo días calurosos en que ella debió usar blusas de mangas largas y hasta abrigos abotonados hasta el cuello. Días grises en que se puso anteojos oscuros. Pero esa primera lección había sido súbita y fundamental.
Tom había olvidado la llamada telefónica que lo había arrancado de su profundo sueño. Era el cigarrillo. Si ella volvía a fumar era porque se había olvidado de Tom Rogan. Momentáneamente, por supuesto, pero aun eso era mucho tiempo. No importaba el motivo. Esas cosas no debían suceder en su casa por ningún motivo. Dentro del armario había un gancho del que colgaba una ancha correa de cuero negro. No tenía hebilla, él se la había quitado hacía mucho tiempo. Estaba doblada en el extremo donde debía haber estado la hebilla y esa sección formaba un lazo en el cual Tom Rogan deslizó la mano.
“¡Te has portado mal, Tom! - había dicho su madre, algunas veces. Bueno, tal vez correspondía decir, antes bien, “con frecuencia” -. ¡Ven aquí, Tommy! Tengo que darte una paliza.” Una paliza…
Había sido el mayor de cuatro hijos. Tres meses después de nacer la menor, Ralph Rogan había muerto. Bueno, tal vez no correspondía hablar de morir, sino de suicidarse, puesto que había mezclado una generosa cantidad de lejía, endiablado brebaje que tragó sentado en el inodoro. La señora Rogan consiguió trabajo en la planta de Ford. Tom, aunque sólo tenía once años, se convirtió en el hombre de la familia. Y si fallaba, si la nena se ensuciaba en los pañales después de que se iba la niñera y el cagarro todavía estaba allí cuando mamá llegaba a casa… si él se olvidaba de cruzar a Megan en la esquina de Broad Street, después del parvulario y lo veía esa entrometida de la señora Gant… si Joey hacía un desastre en la cocina mientras él miraba América y su música… si ocurría cualquiera de estas cosas o un millar de otras nimiedades, entonces, cuando los otros chicos estaban ya en la cama, salía a relucir el palo de los castigos y la invocación: “Ven, Tom. Tengo que darte una paliza.”
Mejor ser el palizador que el apalizado.
Eso, al menos, lo tenía bien aprendido desde que circulaba por la gran autopista con peaje de la vida.
Por lo tanto, sacudió el extremo suelto del cinturón y ajustó el lazo a su mano. Luego cerró el puño. Era una agradable sensación. Lo hacía sentir adulto. La banda de cuero pendía de su puño cerrado como una serpiente negra, muerta. El dolor de cabeza se le había ido.
Beverly había encontrado una última cosa en el fondo del cajón: un viejo sostén de algodón blanco con copas reforzadas. La idea de que esa tardía llamada pudiera ser de un amante surgió por un instante en la mente de Tom y se hundió otra vez. Era ridículo. Una mujer que va al encuentro de su amante no reúne blusas viejas y ropa interior de algodón raído. Además, ella no era capaz.
–Beverly -dijo suavemente.
Ella giró, sobresaltada, con los ojos bien abiertos, la cabellera suelta.
El cinturón vaciló… Tom la miró, sintiendo otra vez intranquilidad. Sí, se la veía como cuando estaban por hacer las grandes exhibiciones, pero en esas ocasiones él no se entrometía comprendiendo que, por estar llena de miedo y agresividad competitiva, era como si su cabeza estuviera inflada con gas combustible; bastaría una chispa para que estallara. Esas exhibiciones no habían sido, para ella, la oportunidad de separarse de Delia Fashions para hacer carrera (y hasta fortuna) por cuenta propia. Eso no habría importado. Pero si eso hubiera sido todo, ella no habría tenido ese talento atroz. Para ella, esas exhibiciones habían sido una especie de superexamen en el cual debía medirse con fieros maestros. Lo que ella veía en esas ocasiones era cierta bestia sin rostro. No tenía rostro, pero sí nombre: Autoridad.
Y todo ese nerviosismo de ojos dilatados estaba ahora en su cara. Pero no sólo allí, sino también alrededor de ella, como un aura casi visible, una carga de alta tensión que la tornaba, súbitamente, más tentadora y más peligrosa que en muchos años. Tom sintió miedo porque ella estaba allí, toda allí, la ella esencial, separada de la ella que Tom Rogan quería, la ella que él había hecho.
Beverly parecía sorprendida y asustada. También se la veía excitada casi hasta la locura. Le relucían las mejillas de color, pero tenía parches blancos bajo los párpados inferiores. Su frente relumbraba con una resonancia cremosa.
Y el cigarrillo seguía sobresaliendo de su boca, ahora inclinado hacia arriba. ¡El cigarrillo! Con sólo verlo, la furia sorda se abatió otra vez sobre él en una ola verde. Vagamente, en el fondo de su mente, recordó que una noche, en la oscuridad, ella le había dicho algo con voz opaca e inquieta:
–Algún día me matarás, Tom. ¿Lo sabes? Algún día se te irá la mano y ése será el final. Perderás la chaveta.
Él había contestado:
–Tú haz las cosas a mi modo, Bev, y ese día no llegará.
Antes de que la ira lo borrara todo, se preguntó si había llegado, al fin y al cabo, ese día.
El cigarrillo. No importaban la llamada, la maleta, su aspecto extraño. Primero arreglarían lo del cigarrillo. Después se acostaría con ella. Y después discutirían el resto. Por entonces, tal vez ni siquiera tuviese importancia.
–Tom - dijo ella -. Tom, tengo que…
–Estás fumando. - Su voz parecía venir desde lejos, como de una radio -. Parece que lo has olvidado, nena. ¿Dónde los tenías escondidos?
–Mira, lo apago - dijo ella y fue a la puerta del baño. Arrojó el cigarrillo al inodoro (aún desde allí Tom vio las marcas de sus dientes en el filtro). Volvió -. Era un viejo amigo, Tom. Un viejísimo amigo. Tengo que…
–¡Que callarte, eso es lo que tienes que hacer! - le gritó él -. ¡Te callas!
Pero el miedo que deseaba ver, miedo de él, no estaba en su cara. Había miedo, pero era algo brotado del teléfono y el miedo no tenía por qué llegar a Beverly desde ese lado. Era casi como si no viera el cinturón, como si no lo viera a él. Tom sintió un goteo de ansiedad. ¿Estaba allí él? La pregunta era estúpida, pero ¿estaba?
Esa cuestión era tan terrible y elemental que, por un momento, se sintió en peligro de desligarse por completo de su propia raíz, hasta quedar flotando como una semilla de cardo en la brisa fuerte. Pero se dominó. Estaba allí, claro, y basta de cháchara psicológica por esa noche, joder. Estaba allí. Era Tom Rogan, Tom Rogan, por Dios, y si ese coño barato no se ponía en línea en los siguientes treinta segundos, quedaría como sacada de entre las ruedas de un tren.
–Tengo que darte una paliza. Lo siento, nena.
Había visto antes esa mezcla de miedo y agresividad, sí. En ese momento, por primera vez, saltó hacia él como un rayo.
–Deja eso - dijo ella -. Tengo que ir al aeropuerto cuanto antes.
“¿Estás aquí, Tom? ¿Estás?”
Tom apartó ese pensamiento. La banda de cuero que, en otros tiempos, había sido un cinturón, se balanceó lentamente delante de él, como un péndulo. Sus ojos vacilaron, pero de inmediato se prendieron a la cara de Beverly.
–Escúchame, Tom. Hay problemas en la ciudad donde nací. Problemas muy graves. En aquellos tiempos tuve un amigo. Supongo que pudimos haber sido novios, pero todavía no teníamos edad para eso. Él tenía sólo once años y era muy tartamudo. Ahora es novelista. Hasta creo que leíste uno de sus libros… ¿Los rápidos negros?
Le estudiaba la cara, pero él no le dio pistas. Sólo ese péndulo del cinturón, que iba y venía, iba y venía. Permanecía de pie, con la cabeza gacha y las gruesas piernas apartadas. Entonces ella se mesó el pelo, inquieta, distraída, como si tuviera cosas muy importantes en que pensar y no hubiera visto el cinturón. Aquella pregunta horrible, acusadora, volvió a resurgir en la mente de Tom: “¿Estás aquí? ¿Seguro?”
–Ese libro estuvo por aquí durante semanas y no lo relacioné. Tal vez debí hacerlo, pero todos somos mayores y hacía muchísimo tiempo que ni siquiera me acordaba de Derry. El caso es que Bill tenía un hermano, se llamaba George. A George lo mataron antes le que yo conociera a Bill. Lo asesinaron. Y al verano siguiente…
Pero Tom había escuchado ya demasiadas locuras, desde dentro y desde fuera. Avanzó rápidamente, levantando el brazo derecho por sobre el hombro, como si estuviera por arrojar una jabalina. El cinturón siseó en el aire. Beverly trató de apartarse, pero se golpeó el hombro derecho contra la puerta del baño y se oyó un carnoso ¡whap! al encontrar el cuero su brazo izquierdo y dejar una magulladura roja.
–Tengo que darte una paliza - repitió Tom. Su voz era cuerda, hasta apenada, pero él mostraba los dientes en una sonrisa blanca y helada. Quería ver esa expresión en sus ojos, esa expresión de miedo, terror y vergüenza, la que decía: “Sí, tienes razón, me lo merecía.” Esa expresión que decía: “Sí, estás ahí, siento tu presencia.” Entonces volvería el amor y eso estaba bien, era bueno, porque él la amaba, de veras. Hasta podían conversar, si ella quería, sobre quién había llamado y de qué se trataba todo eso. Pero eso sería después. De momento estaban en clase. El viejo uno dos: primero la paliza, después el sexo.
–Lo siento, nena.
–Tom no hagas e…
Él lanzó el cinturón hacia el costado y vio que le lamía las caderas. Se produjo un satisfactorio chasquido al terminar en la nalga. Y…
¡Por Dios, ella lo estaba sujetando! ¡Estaba sujetando el cinturón!
Por un momento, Tom Regan quedó tan atónito por ese inesperado acto de insubordinación que estuvo a punto de perder el cinturón. Lo habría perdido, de no ser por el lazo que lo aseguraba a su puño.
Se lo arrancó de un tirón.
–Nunca más trates de quitarme nada - dijo, ronco -. ¿Me oyes? Si tratas de hacerlo otra vez, te pasarás un mes meando zumo de moras.
–Basta, Tom - dijo Beverly. El tono lo enfureció. Parecía un maestro hablando con un chiquillo caprichoso en el recreo -. Tengo que irme. No es broma. Ha muerto gente y hace tiempo prometí…
Tom oyó muy poco de todo eso. Lanzó un aullido y se arrojó hacia ella con la cabeza gacha, lanzando el cinturón a ciegas. La golpeó una y otra vez apartándola de la puerta, haciendo que retrocediera a lo largo de la pared. Más tarde, por la mañana, no podría levantar el brazo sobre los ojos antes de tragarse tres tabletas de codeína, pero por el momento sólo sabía que ella lo estaba desafiando. No sólo había estado fumando: además había tratado de quitarle el cinturón. Oh, amigos y vecinos, ella se lo había buscado. Atestiguaría ante Dios que ella se lo había buscado y estaba por conseguirlo.
La llevó a lo largo de la pared disparando el cinturón en una lluvia de golpes. Ella mantenía las manos en alto para protegerse la cara, pero el resto de su persona era un blanco fácil. El cinturón emitía gruesos chasquidos de látigo en el silencio de la habitación. Pero ella no gritaba ni le pedía que parase, como de costumbre. Peor aún, no lloraba, como siempre lo hacía. Los únicos ruidos eran el cinturón y la respiración de ambos: la de él, pesada, áspera; la de ella, ligera y rápida. Beverly se apartó hacia la cama y el tocador que había a un lado. Tenía los hombros rojos de los golpes del cinturón. Su pelo chorreaba fuego. Él la siguió torpemente, más lento, pero grande, muy grande. Había jugado al squash hasta dos años antes, al desgarrarse el tendón de Aquiles. Desde entonces estaba un poco pasado de peso (“muy pasado” habría sido una expresión más correcta), pero los músculos seguían allí, como un firme cordaje envainado en la grasa. Aun así, se alarmó un poco por la falta de aliento.
Ella alcanzó el tocador. Tom supuso que se agazaparía allí, tal vez tratando de meterse abajo. Pero lo que hizo fue buscar a tientas… girar en redondo… y de pronto el aire se llenó de proyectiles. Le estaba ametrallando con los cosméticos. Un frasco de perfume francés le golpeó directamente entre las tetillas, cayó a sus pies y se hizo trizas. De pronto lo envolvió un asqueante olor a flores.
–¡Basta! - bramó -. ¡Basta, perra!
En vez de cesar, las manos de Beverly arrasaron la superficie de vidrio cogiendo todo lo que allí había, arrojándolo. Él se palpó el pecho, allí donde lo había golpeado la botella, incapaz de creer que ella le hubiera arrojado algo. La tapa de vidrio le había hecho un corte. Apenas un arañazo triangular, pero cierta dama pelirroja presenciaría la salida del sol desde un hospital. Oh, sí, por cierto, una dama que…
Un bote de crema lo golpeó sobre la ceja derecha con súbita fuerza. Oyó un choque sordo que parecía provenir del interior de su cabeza. Una luz blanca estalló en el campo visual de ese ojo. Retrocedió un paso, boquiabierto. Entonces fue un poco de Nivea lo que se estrelló contra su panza con un leve ruido a palmetazo. Y ella estaba… ¿Era posible? ¡Sí! ¡Le estaba gritando!
–¡Me voy al aeropuerto, hijo de puta! ¿Me oyes? ¡Tengo algo que hacer y me voy! ¡Te conviene quitarte de en medio porque me voy!
La sangre corrió hasta el ojo derecho de Tom, dulzona, caliente. Se enjugó con los nudillos.
Permaneció allí por un momento, mirándola como si la viera por primera vez. En cierto sentido era la primera vez que la veía. Los pechos le subían y bajaban con rapidez. Su rostro echaba fuego, todo rubor y palidez. Tenía los dientes descubiertos en una mueca feroz. Sin embargo, ya había vaciado la superficie del tocador. Su depósito de municiones estaba vacío. Él seguía viéndole el miedo en los ojos… pero no era miedo a él.
–Guarda esa ropa - dijo, intentando no jadear. Eso no quedaría bien. Sonaría a debilidad -. Después guardas la maleta y te metes en la cama. Y si haces todo eso, es posible que no te castigue demasiado. Es posible que puedas salir de la casa en dos días, no en dos semanas.
–Escúchame, Tom. - Hablaba con lentitud. Su mirada era muy clara -. Si vuelves a acercarte, te mataré ¿Lo entiendes, bolsa de tripas? Te mataré.
Y de pronto - tal vez por el odio de su cara, por el desprecio, tal vez porque lo había llamado bolsa de tripas o tal vez por el modo rebelde en que subían y bajaban sus pechos - el miedo lo sofocó. No era un pimpollo ni una flor, sino todo un maldito jardín, el miedo, el miedo horrible de no estar allí.
Tom Rogan se precipitó contra su mujer, esta vez sin aullar. Llegó silencioso como un torpedo. Probablemente su intención ya no era sólo golpear y someter, sino hacerle lo que ella, tan descaradamente, había prometido hacerle a él. Pensó que ella huiría hacia el baño. O hacia la escalera. Pero se mantuvo firme. Su cadera golpeó contra la pared cuando echó todo su peso contra el tocador, empujándolo hacia arriba, hacia él, sus palmas sudadas hicieron que se le resbalaran las manos y se rompió dos uñas.
Por un momento la mesa se tambaleó, inclinada, hasta que ella volvió a impulsarse hacia adelante. El tocador bailó sobre una sola pata, mientras el espejo reflejaba la luz, arrojando un breve acuario contra el cielo raso. Por fin, se inclinó hacia fuera. Su borde se clavó en los muslos de Tom, derribándolo. Se oyó un tintineo musical, mientras los frascos se hacían trizas dentro. Tom vio que el espejo se estrellaba y levantó un brazo para protegerse los ojos; así perdió el cinturón. El vidrio se hizo añicos en el suelo, plata por el dorso. Algún fragmento se le clavó, haciendo brotar la sangre.
Ahora sí, Beverly lloraba, el aliento le brotaba en fuertes sollozos, casi alaridos. Una y otra vez se había imaginado abandonando a Tom, abandonando su tiranía tal como lo había hecho con la de su padre, marchándose furtivamente en la noche, con el equipaje en el maletero de su Cutlass. No era estúpida, por cierto, ni siquiera en ese momento, de pie en el borde de ese desastre increíble, no era tan estúpida como para pensar que no había amado a Tom, que no lo amaba aún, de algún modo. Pero eso no evitaba que le tuviera miedo, que lo odiara, ni que se despreciara a sí misma por haberlo elegido sobre la base de oscuras razones que habrían debido quedar en el pasado. Su corazón no se quebraba, antes bien, parecía estar asándose en su pecho, fundiéndose. Sintió miedo de que el calor de su corazón aniquilara pronto su cordura en un incendio.
Pero sobre todas las cosas, martilleando sin cesar en el fondo de su mente, oía la voz seca y tranquila de Mike Hanlon: “Ha vuelto, Beverly… ha vuelto, y prometiste…”
El tocador se levantó y volvió a caer varias veces. Parecía estar respirando. Moviéndose con agilidad, con la boca torcida hacia abajo como en el preludio de alguna convulsión, caminó alrededor de la mesa caída, pisando de puntillas entre los fragmentos de vidrio y sujetó el cinturón en el momento justo en que Tom arrojaba el tocador a un lado. Entonces retrocedió, deslizando la mano en el lazo. Sacudió el pelo para quitárselo de los ojos y se quedó observando lo que él iba a hacer.
Tom se levantó. Un fragmento del espejo le había provocado un corte en la mejilla. Un tajo en diagonal trazaba una línea, fina como un hilo, a través de su ceja. La miró bizqueando, mientras se levantaba lentamente, y ella vio que tenía gotas de sangre en los calzoncillos.
–Dame ese cinturón -ordenó.
Ella, en cambio, se lo envolvió dos veces en la mano y lo miró desafiante.
–Deja eso, Bev. Ahora mismo.
–Si te acercas, te mataré a latigazos. - Las palabras surgían de su boca, pero le parecía imposible estar pronunciándolas. Y de cualquier modo, ¿quién era aquel cavernícola de calzoncillos ensangrentados? ¿Su esposo, su padre? ¿El amante de sus tiempos de universidad, el que le había roto la nariz una noche, al parecer por capricho? “Oh, Dios, ayúdame - pensó -. Ahora ayúdame.” Y su boca seguía hablando -. Sabes que puedo. Eres gordo y lento, Tom. Me voy, y creo que no volveré. Creo que esto ha terminado.
–¿Quién es ese tal Denbrough?
–Olvídalo. Fui…
Se dio cuenta, casi demasiado tarde, de que la pregunta había sido una treta para distraerla. Tom cargó antes de que la última palabra hubiera surgido de su propia boca. Beverly describió un arco con el cinturón y el ruido que produjo al chocar contra la boca de Tom fue el de un corcho empecinado al salir de la botella.
Tom chilló, apretándose las manos contra la boca, con los ojos enormes, doloridos, espantados. Por entre los dedos comenzó a escurrirse la sangre.
–¡Me has roto la boca, puta! - aulló, sofocado -. ¡Ah, Dios, me has roto la boca!
Volvió a atacarla, estirando las manos, con la boca convertida en un manchón rojo. Sus labios parecían partidos en dos puntos. Uno de sus incisivos había perdido la corona. Ante la mirada de Beverly, él la escupió a un lado. Una parte de ella retrocedía, apartándose de esa escena, asqueada y gimiendo, con el deseo de cerrar los ojos. Pero la otra Beverly sentía la exaltación de un condenado a muerte liberado por un terremoto. A esa Beverly le gustaba todo aquello. “¡Ojalá te la hubieras tragado! - pensaba ella -. ¡Ojalá te hubieras ahogado con ella!” Fue esa última Beverly la que descargó el cinturón por última vez, el mismo cinturón con que él la había golpeado en las nalgas, las piernas y los pechos. El cinturón que él había usado incontables veces en los últimos cuatro años. La cantidad de golpes recibidos dependía de lo mal que una se portara. ¿Tom llega a casa y la cena está fría? Dos latigazos. ¿Bev se queda trabajando hasta tarde en el estudio y se olvida de llamar a casa? Tres latigazos. Vaya, vean esto: Beverly se ha buscado otra multa de aparcamiento. Un latigazo… en los pechos. Él era bueno. Rara vez magullaba. Y ni siquiera hacía doler tanto. Descontando la humillación. Eso sí lastimaba. Y lo que más lastimaba era saber que una parte de ella quería ese dolor. Quería esa humillación.
“Esta última vez va por todas”, pensó. Y bajó el brazo.
El cinturón cruzó los testículos de Tom con un ruido enérgico pero sordo, como el que hace una mujer al apalear una alfombra. Bastó con eso. Tom Rogan perdió las ganas de pelear.
Lanzó un chillido agudo y cayó de rodillas como para rezar. Tenía las manos entre las piernas y la cabeza echada hacia atrás. En el cuello le sobresalían los tendones. Su boca era una mueca patética de dolor. Su rodilla izquierda descendió directamente sobre un trozo de vidrio, parte del frasco de perfume. Rodó silenciosamente de costado, como una ballena, apartando una mano de las pelotas para sujetarse la rodilla sangrante.
“La sangre - pensó ella -. Por Dios, está sangrando por todas partes.”
“Sobrevivirá - replicó fríamente esa nueva Beverly, la que parecía haber surgido con la llamada telefónica de Mike Hanlon -: Los tipos como él siempre sobreviven. Pero sal volando de aquí antes de que él decida seguir con el baile. O antes de que resuelva ir al sótano a buscar su Winchester.”
Retrocedió sintiendo una punzada de dolor en el pie. Había pisado un trozo de espejo. Se agachó para coger la maleta, sin quitar los ojos de Tom. Retrocedió hasta la puerta y salió al pasillo. Tenía la maleta delante de ella, con las dos manos y le golpeaba las piernas al caminar. Su pie herido iba dejando huellas sangrientas. Cuando llegó a la escalera, giró en redondo y bajó deprisa sin permitirse pensar. Sospechaba que, de cualquier modo, ya no le quedaban pensamientos coherentes, al menos de momento.
Sintió un leve roce contra la pierna y gritó.
Vio que era el extremo del cinturón, aún envuelto en su mano. Bajo aquella luz opaca se parecía a una serpiente muerta. Lo arrojó por sobre la barandilla con una mueca de asco y lo vio aterrizar en la alfombra del vestíbulo.
Al pie de la escalera, cogió el ruedo de su camisón de encaje blanco y se lo quitó por la cabeza. Estaba manchado de sangre y no quería tenerlo puesto un segundo más. Lo dejó caer a un lado. Desnuda, se agachó hacia la maleta. Sus pezones estaban fríos y duros como balas.
–¡Beverly, sube inmediatamente!
Lanzó una exclamación y dio un respingo, pero volvió a inclinarse hacia la maleta. Si él estaba lo bastante fuerte como para gritar así, ella tenía menos tiempo del que pensaba. Abrió la maleta y sacó una blusa, bragas y un viejo par de vaqueros. Se los puso precipitadamente, de pie junto a la puerta, sin apartar la vista de la escalera. Pero Tom no apareció allá arriba. Aulló su nombre dos veces más. En cada ocasión el sonido la hizo retroceder, con los ojos acosados y los labios descubriendo los dientes en una mueca de angustia.
Se abotonó la blusa a toda velocidad. Le faltaban los dos botones de arriba (resultaba irónico que cosiera tan poco para ella misma); probablemente parecería una prostituta buscando el último cliente de la noche. Pero no había remedio.
–¡Te voy a matar, mala puta! ¡Maldita zorra!
Cerró de un golpe la maleta y le echó el cerrojo. El brazo de una camisa quedó fuera, como una lengua. Echó un vistazo en derredor, apresuradamente, intuyendo que jamás volvería a ver esa casa. Sintió alivio ante la idea. Así pues, abrió la puerta y salió.
Estaba a tres manzanas de distancia, caminando sin rumbo, cuando se dio cuenta de que todavía estaba descalza. El pie que se había cortado, el izquierdo, le palpitaba sordamente. Tenía que ponerse algún calzado y eran casi las dos de la madrugada. Su billetera y sus tarjetas de crédito estaban en la casa. Metió la mano en los bolsillos del vaquero y sólo sacó un poco de pelusa. No tenía un centavo. Miró en derredor: un vecindario residencial, casas bonitas, prados pulcros, canteros y ventanas oscuras.
Y de pronto se echó a reír.
Beverly Rogan, sentada en un muro de piedra, con la maleta entre los pies sucios, reía. Habían salido las estrellas. ¡Y cómo brillaban! Inclinó la cabeza hacia atrás y se rió de ellas. Ese descabellado entusiasmo corría por ella otra vez; como una ola que la levantara, llevándola, purificándola, una fuerza tan poderosa que cualquier pensamiento consciente se perdía en ella; sólo el pensamiento de la sangre y su voz única, poderosa, le hablaban con algún inarticulado sistema del deseo, aunque no sabía ni le importaba saber qué deseaba. “Deseo”, pensó. Y dentro de ella, aquella marea de entusiasmo pareció cobrar velocidad precipitándose hacia alguna rompiente inevitable.
Se rió de las estrellas, asustada pero libre; el terror era agudo como el dolor y dulce como una manzana madura. Cuando se encendió una luz, en un dormitorio del piso superior de la casa a la que pertenecía ese muro de piedra, levantó la maleta y huyó hacia la noche, siempre riendo.
Fragmento de IT de Stephen King.